—Señor, señor, o profesor, ¿cómo le puedo decir?
—Dígame Henry.
—Me siento muy triste.
—¿Y eso? ¿Qué pasó?
—Pues mire, yo tengo mi comida, tengo mis medicamentos y tengo mi cama, aquí me dan todo, pero me siento muy sola.
—¿Pero aquí no comparte con sus compañeros?
—Pues sí, pero mi familia no volvió nunca a visitarme. Aquí algunos somos muy abandonados, después de que nos dejan. La soledad es bravísima.
Esta conversación la tuvo Henry Acuña Barrantes con una persona mayor que conoció en una antigua fundación de Zipaquirá (Cundinamarca), encargada de acoger personas mayores en condición de calle.
Acuña es economista especializado en neuropsicología, director de Extensión y Proyección Social de la Facultad de Estudios a Distancia de la Universidad Militar Nueva Granada y líder del proyecto UMNG Senior. Cuando llegó a la zona Sabana Centro (una provincia de Cundinamarca con 11 municipios de alto desarrollo industrial y comercial, aledaña a Bogotá), tenía en mente trabajar con población infantil. Todo cambió el día que visitó su primer hogar geriátrico. “El adulto mayor en Colombia se siente solo y abandonado, y debemos actuar. Me impactó mucho su soledad”, explica.
La mayoría de las personas mayores están en riesgo de aislamiento social, lo que es distinto de la soledad. Según el NIH, agencia de investigación médica de Estados Unidos, la soledad es el sentimiento de estar separado de los demás, mientras que el aislamiento es la falta de personas con quién interactuar. Se puede estar solo y no sentirse aislado, pero también sentirse solo estando rodeado de gente, tal como ocurre con algunas de las personas mayores de las fundaciones con quienes ha trabajado el proyecto UMNG Senior, que, aunque conviven en comunidad, se sienten apartadas de quienes las rodearon a lo largo de su vida.
El proyecto UMNG Senior ha permitido que personas mayores de 57 años vivan actividades y experiencias universitarias (diplomados, cursos, charlas), con el fin de fortalecer el tejido social de estas comunidades y apoyarlas para alejar el estado de soledad.
El equipo lo conforman el director de extensión, voluntarios de siete pregrados (administración de empresas, contaduría pública, ingeniería civil, ingeniería industrial, relaciones internacionales, administración de riesgos y seguridad en el trabajo e ingeniería informática), funcionarios administrativos y estudiantes de apoyo de dichos pregrados.
Desde 2016, cuando comenzó como Canitas en la Distancia, el proyecto se ha consolidado con fundaciones de varios municipios de la Sabana Centro: en Cogua con la Fundación El Castillo de Mi Abuelo; en Cajicá con la Fundación El Alba y en Zipaquirá con la Fundación Canitas Saludables. La meta es cubrir los once municipios de la sabana: Cajicá, Chía, Cogua, Cota, Gachancipá, Nemocón, Sopó, Tabio, Tenjo, Tocancipá y Zipaquirá. Hasta el momento llevan cuatro y tienen aspiraciones de seguir expandiéndose en otras zonas de Cundinamarca.
Una clase que nació en el camino
En lo que va de 2026, el programa ha ofrecido talleres pensados para resonar con la memoria y la cotidianidad de sus participantes, muchos de ellos campesinos, algunos analfabetos, otros con condiciones como demencia senil o artrosis, quienes cargan con esa misma soledad que impactó a Henry desde el principio. Una de las apuestas más recientes ha sido enseñar inglés.
La idea inicial parecía sencilla, pero la realidad los obligó a replantear todo. “No es fácil. Uno dice, los números del uno al diez y los colores y ya. Pero cuando llegamos nos tocó adaptarnos. Para que ellos comprendan la metodología tiene que ser viviéndola, moviéndola con sus manos, escribiéndola y dibujándola”, explica Acuña. Así nació una de las actividades más practicadas, que consiste en que los participantes aprenden los colores y los números en inglés y, sentados en una mesa, unen puntos numerados que al final revelan una imagen.
“El cuento está en la motricidad fina: dibujar, comparar los colores con los números, y que al final ese dibujo a puntos se convierta en una imagen, en un loro, en una gallina. Algo familiar para ellos. Y el color también que sea armónico a lo que vivieron en su juventud de campesinos”, comenta Acuña. La participación es siempre voluntaria: en cada fundación, quienes quieren se acercan, y quienes prefieren observar desde lejos también son bienvenidos.
Memoria y autoestima, claves en la enseñanza de un segundo idioma
Aprender a decir green —verde en inglés— o contar hasta diez puede no tener una aplicación práctica evidente, pero genera satisfacción, confianza y un momento de concentración que saca a la persona de su rutina y de su soledad. Según investigaciones sobre cognición en personas mayores, como las de Cuidum, empresa española especializada en asistencia domiciliaria, el aprendizaje de un idioma externo, por básico que sea, contribuye al ejercicio de la memoria y al fortalecimiento de la autoestima.
La Fundación El Alba, en Cajicá, es uno de los hogares donde el programa ha echado raíces. Su fundadora, María Eugenia Martínez, conoció a Henry Acuña en una antigua fundación en Zipaquirá, la misma en la que Henry conoció a la persona mayor por la cual decidió comenzar este proyecto, y fue él quien se empeñó en llevar los talleres también a El Alba.
“La Universidad Militar ha estado muy pendiente de nuestro hogar. Nos han ayudado con actividades, con cosas. Super agradecidísimos con esa ayuda, porque realmente es lo que necesitamos”, dice Martínez. La fundación opera con aportes de cada persona mayor, muchas de ellas muy bajos, que no alcanzan a cubrir el costo real de la estadía. En ese contexto, el acompañamiento de la universidad no es un extra: es parte de lo que sostiene la vida cotidiana del hogar.
Aprender inglés a los 76, a los 85 y a los 87 años
María Ignacia Gómez Macías tiene 87 años, nació en Fusagasugá y casi no habla. Aun así, cuando se le pregunta cómo se siente en los talleres, responde con precisión: “Decidí ir a las clases de inglés porque me gusta que vengan a acompañarnos y que sigan viniendo a dar clases. Yo nunca me imaginé aprender inglés. Me siento útil. Siempre aprender algo nuevo es emocionante, aunque no lo demuestre. Todo lo nuevo es bueno”.
Moisés Lamprea tiene 76 años y es cajiqueño de toda la vida. Trabajó en el campo de flores sin haber pisado nunca una escuela. Aprendió apenas a escribir su nombre. Cuando recuerda el día en que los profesores le dijeron que había ganado el primer puesto de la clase por pronunciar bien los colores en inglés, la voz se le quiebra. “No sabía que podía ganarme el primer puesto de algo en mi vida”. Lo que lo conmueve no es el inglés en sí, sino el reconocimiento: “Los profesores se dieron cuenta de que nosotros podíamos aprender. Pues uno entiende muchas cosas, pero al final se le borran del mapa”, admite Moisés. Sin embargo, es un instante de felicidad y acompañamiento. Moisés recomienda algo para los talleres de inglés y es que le dejen escrito en un cuaderno cómo se dice cada color, para que no se le olvide.
Doris Pérez tiene 85 años y llegó del Líbano, Tolima. Tiene problemas de audición, pero eso no la detuvo. “Pa’ que la gente se dé cuenta que nosotros no somos brutos y que aún podemos aprender”, dice con firmeza. Y agrega que le gustaría aprender las palabras del rosario en inglés.
Lo que hace UMNG Senior no es, en el fondo, enseñar inglés. Es ir. Es aparecer. Es sentarse con Moisés, con María Ignacia, con Doris, y dedicarles tiempo para su soledad. Lo que más valoran no es el contenido del taller: es que alguien llegue de afuera y los escuche. Y eso, como Henry señala, no requiere ser una universidad. Requiere querer hacerlo.
John Clavijo | Jaks
Periodista BienVividos y +





