En el Centro García Márquez El Original, localidad La Candelaria, en Bogotá (Colombia), empieza el 23 de septiembre la segunda edición del Festival de Danza Mayor. Doce agrupaciones y 150 personas mayores tomarán un escenario que hasta hace poco ocupaban casi exclusivamente como público. Las funciones serán 23, 24, 25 y 30 de septiembre, y 1, 2 y 3 de octubre, a las 7:00 p.m.
Fernanda Rodríguez Sánchez, directora general del teatro, notó durante años que padres, abuelos y tíos acompañaban constantemente a sus hijos y nietos a las funciones, pero casi ninguno subía como artistas. «Sería chévere también que estuvieran en nuestra sala no solo como espectadores, sino también como artistas activos de nuestra programación», pensó entonces.
La idea quedó guardada hasta 2024, cuando un festival de danza que se realizaba en la ciudad desde hacía 13 ediciones no se llevó a cabo ese año. En ese vacío, Rodríguez identificó que Bogotá tenía programación pensada para niños, pero casi ninguna con un enfoque donde las personas mayores sean las protagonistas. Así nació el Festival de Danza Mayor.
Esta edición reúne procesos artísticos de nueve localidades de Bogotá: Teusaquillo, San Cristóbal, Kennedy, Los Mártires, Suba, Engativá, Bosa, Puente Aranda y Fontibón. Esa diversidad territorial permite que comunidades y procesos de creación liderados por personas mayores confluyan en un mismo escenario.

El funcionamiento del festival responde a un modelo de alianza. Las agrupaciones se inscriben mediante una convocatoria abierta y deben cumplir un requisito: al menos 70% de sus integrantes deben ser personas mayores. Rodríguez y la productora Jessica Torres hacen una curaduría, no para descartar propuestas por calidad, sino para confirmar que el grupo exista realmente antes de presentarse. El teatro pone el espacio, la publicidad, el montaje técnico y la sala. Las agrupaciones, por su parte, venden sus propias boletas y el aforo se reparte por porcentaje entre los grupos programados cada día.
La logística también contempla la accesibilidad. Si una agrupación no puede subir escaleras, ese día no se programa a su lado otro grupo con la misma limitación, para garantizar el uso del espacio de piso plano.
Nunca es tarde para empezar
Esta edición amplía el repertorio habitual de folclore colombiano con una propuesta de folclore mexicano y otra de danza histórica centrada en Bogotá. Entre las agrupaciones participantes está Yepaguare, un grupo de danza conformado por 16 integrantes, en su mayoría mujeres, con nueve años de trayectoria.
Sofía Flórez Ricardo, una de sus intérpretes, nació en la región del Sinú (Sucre) y se inició en el baile a los 4 años, en 1954, cuando su abuelo, Alfredo Flores Carpio, compró un radio y lo llevó a la casa del campo donde vivían. Era de esos radios grandes que parecían baterías de carro. Sus tías se reunían alrededor del aparato y ella disfrutaba bailar. Su abuelo murió en 1970, cuando ella tenía 20 años, dejando la herencia más grande para su nieta: el baile.

Flórez llegó a Bogotá en 1979 a estudiar periodismo. Trabajó 38 años como empleada pública y solo bailaba en las semanas culturales de su entidad. En 2018 se pensionó y, meses después, mientras hacía ejercicio en un parque de su barrio en la localidad de Los Mártires, una compañera la invitó a integrarse a un grupo de danza. «Yo veía esos grupos de señores todos descoordinados y decía que no». Tiempo después, su hija logró convencerla de que formara parte del grupo de baile, ya que ella sabía que su madre lo disfrutaría.
A los 15 días de haber entrado al grupo le avisaron que tenían una presentación en San Victorino, en el centro de Bogotá, para bailar el Congo. Flórez no se sabía la coreografía, por lo que subió a la tarima nerviosa, pero aun así logró ser la protagonista de la muestra y ese fue el momento fue crucial para su estancia en el grupo Yepaguare. «Ahí dije: me quedo”.
De eso ya pasaron 9 años. Hoy ella también hace parte del Consejo de Sabios y Sabias, un espacio promovido por el Concejo de Bogotá para la participación social ciudadana de las personas mayores de 60 años. «Muchas personas me dicen por qué te pintas el pelo para ocultar la edad. Yo me siento bien así», cuenta. Ahora se deja crecer el pelo para hacerse los moños que luce en las presentaciones de baile.
En esta edición, Yepaguare presentará «La mujer, patrimonio vivo del carnaval», un montaje sobre el Carnaval de Barranquilla que incluye el Congo, la cumbia, las marimondas y el cierre tradicional de «las viudas», que lloran la muerte simbólica de ‘Joselito’, personaje que representa el fin de la fiesta.
La tradición de «las viudas» significa que, los martes, último día de la fiesta, mujeres vestidas de negro salen a las calles llorando la muerte de ‘Joselito’: «Se murió en plena fiesta, por estar tomando, por estar farreando», dicen los coros. Según Flórez, la escena tiene raíz en una costumbre antigua de los velorios en la costa Caribe, donde las viudas debían demostrar su dolor llorando con fuerza. «El que más duro llorara, ese era el que más quería al muerto», explica. Esa tradición de antaño fue la que se trasladó al carnaval, donde las mujeres salen por las calles con un féretro, llorando y diciendo lo que se les ocurra, hasta que el martes de carnaval llega a su fin.
Flórez resume así su mensaje para quien cree que ya es tarde para empezar a bailar. «Las limitaciones son mentales. Nunca es tarde para empezar. Esa frase de que el loro viejo no aprende a hablar ya está reevaluada.»
Centro García Márquez El Original
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