“¡Profe, profe, profe, no hay nadie! ¡No ha llegado nadie!”, dice Cielo, después de haber corrido por la mitad de la calle con euforia, mientras abre sus pequeños brazos para lanzarse con fuerza y abrazar a Sandra.
“¡Hola mi chiquita!, no hay nadie porque todavía es temprano, aún no comienza la clase”, le responde.
Es sábado, y en el barrio Santa Viviana, sector Sierra Morena, en la localidad de Ciudad Bolívar, sur de Bogotá, este día es distinto a los demás. Aunque las nubes estén grises y el viento azote fuerte, los niños del barrio saben que los sábados hay clase en la Casa de Poesía Waldino Fosca.

La fachada del lugar es colorida y tiene un mural. Al entrar se ve un pasillo largo con sillas pintadas. A mano izquierda se vislumbra un mural de colores llamativos. A la derecha, hojas pegadas en la que se leen poemas y se observan dibujos elaborados por niñas y niños. Al fondo, una biblioteca con estantes de madera coloridos, libros, cuentos y útiles escolares. En el día es salón de clases. En la noche es la casa del poeta.
En Santa Viviana todos lo conocen como “El Señor Waldino”, aunque su nombre de pila es Foscar Naranjo. Waldino era su padrino, a quien honra su legado. Llegó al barrio en 1994 y desde entonces ha sido un líder de la comunidad. Dice con orgullo que es un campesino panadero, nacido en Quipile (Cundinamarca). Tiene 76 años, la mayoría de los cuales ha dedicado al servicio de la comunidad. Pero su vocación, marcada para siempre, es ser poeta.
En Bogotá conoció la poesía cuando asistía a talleres comunitarios para aprender sobre lectura y escritura, desde entonces no ha parado de escribir poesía porque encontró en ella un vínculo emocional que lo arraiga a la vida.
Su primer libro se titula Canto paralelo, que narra poesías de los problemas estructurales y situaciones reales de Ciudad Bolívar. Lo lanzó en 1997 tras superar diversos problemas por sus bajos recursos. En 2025, logró un nuevo título, esta vez con el poeta Francisco Urrea Pérez. Morada del instante fue editado por Toská, en el que los versos reflejan lo que es para él la poesía: “no es un género literario ni una materia escolar, es todo”, dice.
Y agrega: “La poesía son emociones, son sensaciones. Es recoger experiencias. Es liberarse de un sentimiento interno. Se encuentra en las calles, detrás de las paredes, y todo el mundo puede expresarla. Muchas personas sueltan palabras y están narrando poesía, pero no se dan cuenta”.
Los niños crearon la casa
En 2019, una funcionaria del comedor comunitario del barrio, espacio creado por la Secretaría Distrital de Integración Social de Bogotá para garantizar alimentos a poblaciones en condición de vulnerabilidad, le propuso al Señor Waldino ser profesor. Una propuesta que le llegó un día que fue a almorzar.
“Don Waldino, la verdad yo tengo muchos chicos. No sé si a usted le gustaría darnos unos talleres de poesía y literatura aquí en el comedor, porque quiero que los niños hagan algo diferente”, le dijo.
Él acepto la tarea y, junto con su hija Sandra, comenzó el taller con 12 niños. En 2020 llegó la pandemia, situación que detuvo por completo la idea de hacer una casa de poesía para todos los niños, niñas y adolescentes del barrio; pero unos meses después del encierro llegó una petición inesperada de uno de los chicos.
«¡Profe Waldino! ¡Por favor, lléveme a su casa a hacer talleres de poesía, yo ya estoy cansado de estar atrapado aquí!”.
Fue entonces cuando Waldino le dijo a Sandra que usaran el espacio de su casa. Consiguieron tablas, canecas y bloques de concreto. Así, con los mismos niños, armaron un salón. Ellos también pintaron las mesas para darle vida a la Casa de Poesía Waldino Fosca.
Hoy, seis años después, el proyecto cuenta con el apoyo de varias universidades y fundaciones, que les aportan colores, lápices, pinturas y los traslados de cada año para ir a la Feria del Libro. De esa manera, cada sábado, abre sus puertas a decenas de niños del barrio, cuyas edades están entre los 3 y 17 años.
Escribir y pintar el miedo
Son las 2 de la tarde. La profe Sandra escribe una frase sobre el miedo en el tablero. El Señor Waldino acomoda las sillas. El salón está listo.

“¿A qué le tienen miedo?”, pregunta Sandra a cada niño.
“¡Profe! Yo le tengo miedo a los abusones, los que molestan mucho”, dice Lucas con voz aguda.
“Yo le tengo miedo a que pase algo con mis hermanitos chiquitos, porque yo a veces los cuido”, responde Rosa con una madurez que no corresponde a su edad.
Varios tienen miedo a las ratas, otros a las culebras, algunos a la ‘Llorona’, uno al payaso asesino y muchos a la oscuridad del barrio, cuando cae la noche, porque un niño afirma que en las noches un camión se lleva personas.
Luego de varias participaciones, la instrucción es sencilla: dibujar ese miedo con pintura. Los que saben escribir, explican al lado qué harían frente a él.
Los niños sacan un pincel. Algunos pintan con los dedos. Otros prefieren pintarse la cara. El ambiente es de felicidad pura. Algunos pintan con delicadeza, otros con mucha fuerza, como si estuvieran sacando algo de adentro. Al final, hay 35 hojas coloridas sobre las mesas.
“A mí no me da miedo estar acá. Me gusta mucho estar aquí, me siento más segura en la Casa de Poesía que en mi casa”, dice una niña de 13 años, quien escribe un poema y al mismo tiempo pinta alrededor.
Sandra les explica a los niños que la poesía sirve para expresar todo lo que sienten: miedo, tristeza, felicidad, euforia. Como hay niños de diferentes edades, permite que los más pequeños se expresen con pinturas y dibujos; mientras que los adolescentes escriben sus poemas. Algunos los guardan en sus cuadernos; otros prefieren colgarlos en la Casa de la Poesía, como un símbolo de que allí están seguros.

Al final de la clase, el Señor Waldino se para frente a los estudiantes y les habla despacio: «Niños y niñas, recuerden que el miedo es normal. Todo lo que hacemos en la vida debe tener miedo, porque así nos protegemos. Y la poesía también nos protege. Y los libros son los maestros de la vida».
Luego hace énfasis en Miguel de Cervantes Saavedra, el hombre que escribió El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y les recuerda que sus aventuras defienden la justicia, que nunca deben dejar de soñar y que todo lo que hacen en la vida es poesía. Así, finaliza la clase recomendándoles al poeta y que ellos mismos puedan investigar más de la historia de la poesía.
Algunos de los niños y niñas con quienes empezaron la casa ya son adolescentes. Crecieron allí y le guardan un profundo cariño, aunque no todos vuelven. Unos pocos siguen asistiendo, fieles a la poesía. De hecho, gracias a la casa de poesía, muchos de ellos han encontrado el impulso para seguir con sus estudios, aunque deban trabajar para lograrlo.
Lo que piensa el barrio
Afuera, entre las 5 y las 6 de de la tarde, las madres llegan a recoger a sus hijos. Se conocen entre ellas y conversan mientras pasan los minutos para que ellos salgan. No hay padres, siempre son ellas.

“Los niños solo esperan al sábado. Apenas llegan a la casa hablan con ganas de que vuelva a ser sábado para venir a la Casa de Poesía”, dice una de ellas, y las demás asienten.
Todas coinciden en que este lugar es seguro, que les enseña lo que ellas no tuvieron oportunidad de aprender. Admiran a Sandra por su forma de cuidarlos y sueñan con que sus hijos tengan un futuro mejor al que ellas tuvieron.
Humberto, vecino y amigo del Señor Waldino desde hace varios años, lo dice con claridad: “En Ciudad Bolívar tenemos muchos sitios históricos que las personas no conocen. La Casa de Poesía para mí ya es un patrimonio histórico de la localidad. El trabajo del viejo Waldino ha sido una casa de paz”.
Rafael, que pasó de ser alumno a ayudante de las clases, lo pone en otras palabras: “Acá hay pasión por lo que hacemos. Quiero ayudar a transformar Ciudad Bolívar y que deje de ser estigmatizado. Acá no todos roban y no todo es droga. Acá hay poesía y eso fue lo que me enseñó el Señor Waldino”.
Padre e hija
Al final del día, cuando los niños ya se fueron, Sandra y Waldino se quedan en el salón. Se miran con alegría.

“Esta Casa de Poesía es un tatuaje de la comunidad, la primera en Ciudad Bolívar. Mi papá nunca tuvo estudios y aun así es un gran escritor. La literatura le ha enseñado todo en la vida, por eso hay que cultivarles a los niños la lectura y la escritura”, dice Sandra con los ojos aguados mirando a su padre.
El señor Waldino la mira fijo y responde despacio: “El libro es un maestro, una ventana abierta con muchos caminos que nos llevan a la inmersión y la enseñanza”.
Mientras cuelgan los trabajos de la jornada y planean la próxima clase, los niños se van felices. No solo porque escribieron poesía, sino porque el Señor Waldino siempre les da un bocado de comida. Él les alimenta el cuerpo y el alma.
John Clavijo | Jaks
Periodista BienVividos y +





