La vida, un acumulado de pérdidas sin velorio

16 de junio de 2026
Mujer mayor sentada junto a una ventana, mirando hacia afuera con expresión pensativa y melancólica, reflejada en el vidrio.

Vivimos duelos constantes a lo largo de la vida | Magnific

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El primer duelo no ocurre cuando muere alguien. Ocurre cuando se termina el colegio; cuando se deja la universidad; cuando los hijos se van de casa; cuando llega la jubilación y no se tiene un lugar para ir a trabajar; cuando…

Vivir es acumular pérdidas; pero en nuestra cultura no es evidente. Celebramos los comienzos con rituales, fiestas y discursos; en cambio son pocas las palabras y las ceremonias para los finales que no están relacionados con la muerte.

La psicología clínica define el duelo como la respuesta humana ante una pérdida significativa. No es solo tristeza: incluye cambios en el cuerpo, en los pensamientos, en las relaciones y en los comportamientos.

Según la entidad Clínica Mayo, enfocada en atención médica, investigación y educación, el duelo ocurre ante cualquier pérdida “no solo la de una persona, sino también la de un empleo, una etapa, una identidad”.

De acuerdo con la investigación de Alonso, Ramos, Barreto y Pérez titulada Modelos Psicológicos del duelo: una revisión teórica. En 1960, el médico y psiquiatra estadounidense George Engel planteaba que el duelo no es una enfermedad, sino un proceso natural de sanación. Las perspectivas humanistas lo entienden como un proceso de integración, aprendizaje y madurez.

Dentro de esos duelos, los que más trabajo cuestan son los que no tienen velorio: los que no tienen fecha, no tienen ceremonia y no permiten decir «desde ese día todo cambió».

Juan Camilo López, doctor en psicología de la Universidad de Los Andes, los llama «duelos desautorizados»: pérdidas reales que el entorno no valida ni nombra.

«Si la cultura no ofrece palabras ni rituales para la pérdida, el dolor queda sin testigos. Y un dolor sin testigos puede transformarse en vergüenza, aislamiento, culpa o sensación de estar exagerando», explica.

Finales sin despedida

Tenemos grados, matrimonios, baby showers…; pero no tenemos nada para el día en que alguien cierra su consultorio después de cuarenta años; vende la casa donde vivió por décadas o deja de manejar debido a que ya no ve bien de noche.

«Nuestra cultura celebra los comienzos porque son visibles y socialmente productivos. Los finales no mortales son más incómodos porque revelan fragilidad, dependencia o cambio de identidad», dice López.

Cambiar eso implicaría admitir algo culturalmente difícil: que una vida buena no es una línea ascendente, sino una sucesión de comienzos y pérdidas.

Entre todas las pérdidas sin velorio, una de las más intensas es la que la psicóloga Pauline Boss llamó «pérdida ambigua»: cuando alguien está físicamente presente, pero psicológicamente ya no es quien era.

El Treatment Advocacy Center (TAC), la organización estadounidense enfocada en eliminar los sistemas que impiden tratamientos para personas con enfermedades mentales, describe dos formas en las que se puede vivir esta experiencia:

  1. La presencia física con ausencia psicológica, cuando la persona está cerca, pero ya no es quien era antes de que una enfermedad o condición cambiara su comportamiento, su memoria o su personalidad.
  2. La presencia psicológica con ausencia física, cuando los recuerdos permanecen, pero la persona se fue de una manera que no tiene cierre posible.

Lo que hace especialmente difícil este tipo de duelo es que la sociedad no lo reconoce. El apoyo emocional suele ofrecerse cuando existe un certificado de defunción. Llorar a alguien que «se fue, pero no se fue» no encaja en ningún ritual conocido, y quienes lo viven quedan sin palabras y sin acompañamiento.

«La pérdida ambigua es el tipo de pérdida más estresante porque no tiene resolución. No es tu culpa», dice Boss. Con el tiempo, una persona que experimenta esta pérdida sin nombrarla puede sentirse estancada, aislada y confundida sobre quién es.

El primer paso, según el TAC, es nombrarla: reconocer que lo que se siente es un duelo profundo causado por una pérdida real, aunque no tenga velorio.

En otras palabras, la pérdida ambigua ocurre cuando no existe un momento claro de despedida. Sucede, por ejemplo, cuando alguien no está preparado para enfrentar la viudez, o cuando cuida a un familiar con demencia que sigue presente físicamente, pero ya no reconoce a quienes lo rodean. Son pérdidas que no encajan en ningún ritual conocido y que la sociedad rara vez acompaña.

María Fernanda Rodríguez, psicóloga investigadora en vejez, señala que la viudez, la pérdida de la pareja, puede vivirse de maneras inesperadas. Algunas mujeres que enviudan “especialmente quienes vivieron relaciones con dinámicas de control” sienten una forma de liberación y descubren capacidades que nunca habían asumido. Otras encuentran satisfacción en lo construido. Y otras más enfrentan un riesgo real de aislamiento que requiere acompañamiento profesional. No existe una sola forma de perder a alguien.

Los duelos no se evitan: se transitan

Rodríguez destaca que, los duelos no se pueden evitar, y no sería deseable hacerlo. «Evitar sentir un duelo sería una recomendación contraproducente para la salud mental. Tener una pérdida es doloroso. Se debe enfrentar ese dolor, sentirlo, llamarlo por su nombre», explica.

También señala que lo que sí es posible construir son condiciones que ayuden a transitarlos mejor: mantener vínculos, tener proyectos pendientes, aprender cosas nuevas y no subestimar la salud mental. Buscar ayuda profesional cuando el duelo desorganiza la vida cotidiana no es un fracaso; es una forma de cuidado.

La Clínica Galatea, especializada en la rehabilitación y el tratamiento de trastornos mentales y adicciones con profesionales de la salud en Barcelona (España), describe las etapas del duelo de la siguiente manera:

  • La primera es distinguir entre el impacto emocional “llorar, recordar, darle lugar a lo que se siente” y la necesidad de reconstruir la vida: retomar rutinas, vínculos, actividades con sentido.
  • La segunda es la reconstrucción de significado: no se trata de superar lo ocurrido, sino de reorganizar la historia personal después de que algo rompió el mapa de lo conocido.
  • Para los duelos más silenciosos, propone rituales pequeños: conservar una actividad adaptada a la nueva realidad, escribir una carta a la versión de uno mismo que se está despidiendo, nombrar explícitamente qué se perdió y qué permanece.
  • Los grupos de apoyo también funcionan: compartir con otros que atraviesan pérdidas similares reduce el aislamiento y devuelve la sensación de que lo que se siente tiene sentido.

Falta formación y acompañamiento

El sistema de salud colombiano tiene una deuda con estos procesos. Según Rodríguez, los profesionales de la salud no tienen conocimiento sobre cómo acompañar las pérdidas que trae consigo una vida larga, pues reciben poca formación en envejecimiento y vejez.

Nombrar una pérdida ya es un acto terapéutico. Los expertos consultados señalan que se da el primer paso para transitar esas pérdidas, cuando se reconoce que dejar el trabajo de toda la vida, vender la casa, ver partir a los hijos o acompañar a alguien que se va yendo sin irse, son duelos reales que merecen tiempo, comunidad y palabras.

A manera de conclusión, López lo resume así: cambiar eso traería algo profundamente humano. Más permiso para llorar. Más comunidad alrededor de las transiciones. Menos soledad ante los cambios que nadie nos anuncia, pero todos atravesamos.

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