Tres rostros de las limitaciones por ser mayor

15 de abril de 2026
Hombre mayor viendo su celular mientras se desplaza en un sistema de transporte público

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Teresa Olaya tiene 84 años, vive cerca de la estación de Prado, ubicada en la Autopista Norte de Bogotá. Utiliza Transmilenio desde el día en que lo inauguraron, en el 2000, cuando tenía 58 años. Cuenta que esa experiencia le ha enseñado a moverse por el sistema, organizando cada salida en función de su seguridad.

Únicamente sale martes y viernes sola para ir a su gimnasia y lo hace con cautela, en horarios específicos, siempre fuera de las horas pico para evitar aglomeraciones. “Hoy en día me cuido más que antes, en razón a la inseguridad», dice. El resto de la semana sale acompañada de German Bello, su compañero de vida.

«Algunas veces hay gente que sí me da prioridad por ser mayor, porque lo ven a uno ya canosito y viejito. Pero también hay gente que no da prioridad. Lo mismo con las sillas, las respetan, pero no siempre”, dice.

Por suerte, nunca la han empujado ni tampoco robado, algo que a su edad y en un sistema tan congestionado, ya es un logro, como ella misma dice. Sin embargo, sí ha presenciado raponazos a otras personas, especialmente mujeres.

Teresa Olaya
Teresa Olaya, protagonista de la movilidad urbana en Bogotá

Los colados y los vendedores ambulantes que, asegura, a veces son ladrones, le dan sensación de quedar expuesta en medio de la multitud. Su consejo para cualquier persona mayor que use el transporte público es uno solo: «Que se cuide a sí misma y a sus objetos personales».

La bici, medio de transporte y de trabajo

A las 6 de la mañana, Ángel López Reyes está despierto y con las manos en la olla. Durante siete horas prepara el arroz con leche que su abuela Rosa le enseñó a hacer en San Marcos (Sucre), hace varias décadas. A la 1 de la tarde recoge todo, lo carga en su bicicleta y emprende los seis kilómetros que lo separan de su puesto de venta sobre la carrera 9, camino a Cajicá (Cundinamarca).

A las 2 de la tarde ya está vendiendo. Algunas veces el regreso a su casa es a las 6 de la tarde y otras, a las 9 de la noche; su regreso depende de que la olla de arroz con leche costeño, queso doble crema y uvas pasas, esté vacía.

Ángel tiene 60 años y lleva 24 años en este oficio. La bicicleta además de ser su transporte diario es su medio de trabajo. “Un local aquí es demasiado caro. Conseguir uno no da la base pa´ pagarlo. Entonces, ya uno se acostumbra a la movida”, cuenta.

“La movida” es pedalear 12 kilómetros al día, de ida y vuelta, con el peso del arroz encima. Él vive en Chía (Cundinamarca), a 50 minutos, pedaleando lento por el peso, de su lugar de trabajo. “Lo difícil de ser usuario de bicicleta no es por lo lejos, es porque el triciclo pesa mucho y hay que ir despacio, mi espalda aguanta aún por el momento, aunque siempre me duele un poco”.   

Ángel reconoce que montar bicicleta todos los días lo ha mantenido activo y lejos del sedentarismo, algo que a sus 60 años valora. Pero la edad también se cobra su parte. Con el paso del tiempo, el peso del triciclo cargado de arroz se siente más en la espalda y lo obliga a ir cada vez más despacio.

Lo que no aguanta tan fácil es el tráfico. Los carros no lo respetan. Las busetas de los colegios se le tiran encima y cuando hay huecos en las vías debe, por fuerza mayor, atravesárseles para esquivarlos y así evitar que se caiga con la olla de arroz. Dice que la mayoría de los conductores de carros y camiones lo insultan cuando esto sucede.

“Uno también va en su trabajo, y yo necesito llegar temprano a vender con mi negocio en mi bicicleta. La mayoría de los carros no respetan. Se le pasan a uno por el lado, bien orillado casi a punto de atropellarlo a uno. Y si uno va a hacer un cruce por un hueco, vienen atrás y le dicen su poco de cosas. Pero uno también tiene derecho a pasar”, explica con firmeza.

Uno de los problemas más fuertes que ha tenido como bici usuario es la inseguridad. Ángel cuenta que una noche intentaron robarlo dos jóvenes con cuchillo y que tuvo que enfrentarlos con un palo que carga todos los días para protegerse a sí mismo y a su negocio.

Vendedor de arroz con leche como bici usuario
Ángel López, persona mayor usuaria de bicicleta. Su medio de transporte y de trabajo

“Una vez me caí hacia un vallado y perdí todo el arroz con leche, me raspé y quedé completamente lleno de barro”, recuerda.  Para alguien más joven una caída similar puede ser un mal momento, para él fue doloroso por el impacto y por la pérdida de un día de trabajo.

A pesar de los riesgos que puede tener por montar en bicicleta dice que de ella no se baja. Considera que el transporte público no es bueno porque los buses municipales no cuentan con servicios exclusivos para personas mayores ni le brinda las condiciones que requiere para su trabajo. “Mi bicicleta lo es todo para mí”, finaliza.

Cuando la ciudad impide la movilidad

A 25 kilómetros de distancia de Ángel, en Bogotá, Luis Guillermo Guzmán busca maneras para movilizarse. La mayoría de las veces lo hace en carro privado porque a pie o en transporte público, como le gustaría, su vida corre peligro. Tiene 84 años, usa bastón y padece una fatiga muscular que le impide moverse con rapidez. Cada salida requiere planeación, acompañamiento y, muchas veces, dinero extra para pagar a alguien que lo ayude.

El Transmilenio existe, pero para él es casi inaccesible cuando se desplaza solo. Asegura que la mayoría de las veces las sillas azules reservadas para personas mayores y personas en condición de discapacidad son ocupadas por maletas, mascotas y pasajeros jóvenes que no se levantan.

De hecho, en las puertas se forman aglomeraciones que le impiden bajarse a tiempo. «El bus arranca cuando uno va tratando de salir porque la gente se hace en la puerta», dice. Cuando no logra descender en su estación debe continuar hasta la siguiente y devolverse caminando.

«Yo no sería capaz de montarme solo. Las sillas azules casi siempre van ocupadas, para salir es un complique y uno no se puede desplazar tan rápido como la otra gente, siempre me cierran la puerta en la cara al momento de bajarme”, cuenta.

Luis Guillermo Guzmán, persona mayor y protagonista de la movilidad urbana con dignidad y constancia.
Luis Guillermo Guzmán: la movilidad para una persona mayor no es fácil

Los taxis tampoco son una solución confiable para él. Cuando lo ven con bastón, muchos no se estacionan para ofrecerle el servicio. Y si decide hacer sus trayectos a pie, siente un riesgo constante.  “Los semáforos cambian demasiado rápido. Una persona que camina bien los pasa sin problema, pero para mí, que voy con bastón, es difícil de cruzar y además me pitan. Me toca quedarme en la mitad de la cebra o devolverme, teniendo en cuenta que los andenes y el piso casi siempre están con huecos que dificultan mi caminar”.

Una tarde se cayó en el sector de La Floresta, al noroccidente de la capital. Transeúntes que pasaban cerca lo llevaron a la clínica y desde allá llamaron a su esposa. Ella salió a buscar un taxi para ir a verlo y tropezó con un hueco en el andén. A las pocas horas estaban los dos en la misma sala de urgencias en silla de ruedas, curándose las heridas por cuenta de los obstáculos que tiene la ciudad para las personas mayores.

«Era como un espectáculo trágico: dos viejos en silla de ruedas que se habían caído porque los adoquines no quedaron bien puestos. ¿Por qué? Porque es que los contratistas no se preocupan por la gente mayor”, dice él.

A Guillermo no solo le duele que la ciudad no esté preparada para la movilidad de los mayores, sino que siente que hay un estereotipo y una falta de cultura con la comunidad mayor, como si hubiera dejado de importar. «Hoy por hoy el adulto mayor es como un mueble viejo que hace estorbo. La gente considera que uno no debe ocupar ciertos espacios”, comenta.

Su mensaje para quienes piensan así es recordar que esa persona aportó y aporta a la sociedad: «El adulto mayor es una persona que le ofreció a su comunidad muchas cosas buenas. Que le tengan un poquito de paciencia y respeto».

John Clavijo | Jaks

Periodista BienVividos y +

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