El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el 10 de agosto de 2026 dejó personas mayores muertas y heridas, a causa de los escombros y colapsos, pero el riesgo no para. En los días siguientes se quedaron sin sus medicamentos, sus controles médicos y, en muchos casos, sin la red familiar que las cuidaba. Un asunto de grandes dimensiones si se tiene en cuenta que en las zonas más afectadas vive la mayor cantidad de personas mayores del país, según el DANE.
Juan Daniel Devia Varón, médico residente de Medicina de Urgencias de la Fundación Valle de Lili y la Universidad Icesi, en Cali (Valle del Cauca), atendió la emergencia desde la sala de reanimación del hospital y después en las calles, junto al equipo de rescate. Su diagnóstico es contundente: «el escenario urgente de los pacientes del terremoto ya pasó, pero lo que sigue ahorita es la atención de todas esas personas que por el terremoto no han recibido la asistencia médica que tenían programada».
Devia estaba en turno en la sala de reanimación de la Fundación Valle de Lili cuando comenzó el sismo. En ese momento, el equipo médico realizaba maniobras de reanimación a una paciente cuya emergencia no tenía relación con el terremoto, una mujer con una enfermedad renal avanzada que necesitaba diálisis.
Cuando el hospital activó el protocolo de emergencia interno, llamado protocolo Éxodo, para atender la llegada masiva de pacientes (más de 160 ese día), los recursos para sostener a esa paciente se volvieron insuficientes. «Las emergencias no discriminan el contexto» comenta Devia.
En las horas inmediatas al terremoto, llegó a urgencias una gran cantidad de mayores de 50 años con lesiones traumáticas: golpes, caídas, traumas craneoencefálicos, torácicos y abdominales, también con fracturas asociadas al colapso de estructuras. De hecho, algunos de ellos ya se enfermaban antes del sismo.
«Nos siguieron llegando igual pacientes que se estaban infartando, pacientes que estaban teniendo accidentes cerebrovasculares», cuenta Devia, «esos casi todos son pacientes que tienen más de 50 años». Es decir, entre más tiempo pasen sin atención, mayor es el daño al corazón o al cerebro de los pacientes con más de 50, por lo tanto, no pueden esperar a que termine la crisis del terremoto para ser atendidas.
La descompensación llega días después
Con el paso de los días, el escenario cambió. En los hospitales móviles instalados en Cali, como el del parque Capri, donde el Devia hizo turnos voluntarios, el patrón más frecuente pasó a ser otro. Personas mayores con enfermedades crónicas que se agudizan por la falta de medicamentos.

Pacientes hipertensos sin su tratamiento, con cifras tensionales muy elevadas. Pacientes diabéticos que perdieron sus insulinas en el terremoto o que ya no tienen cómo refrigerarlas porque perdieron su vivienda, lo que Devia describe como un riesgo de «descompensaciones de la diabetes que son bastante peligrosas». También pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), cuya condición se agudiza por la exposición al polvo de los escombros.
Este patrón coincide con lo que documentó la Defensoría del Pueblo en su seguimiento a la emergencia. En Pereira, la entidad acompañó el caso de cuatro personas mayores con movilidad reducida y una aparente afectación de salud mental, y el de otra persona mayor que permanecía en una vivienda no habitable.
Asimismo, en Carmen del Darién, Chocó, la comunidad de Palmadó señaló como necesidad urgente la atención médica y psicológica para personas mayores con problemas graves de salud.
En Pereira, el Ejército Nacional atendió a cuatro personas mayores en una vivienda de cerca de 100 años de antigüedad. Una de ellas, con antecedentes de enfermedad coronaria, había sufrido un infarto el 8 de agosto y tenía pendiente un cateterismo cardíaco aplazado por la emergencia.
Residencias de mayores
Devia hace una distinción que cambia la magnitud del problema. Es distinta la condición de una persona mayor que vive con su familia, a una que vive en un hogar geriátrico. «No es una persona mayor que se quedó sin hogar, sino que son 15, 10, 20 adultos mayores que se quedaron sin hogar», explica.
La situación obliga, por ejemplo, al uso compartido de un solo baño entre tantos damnificados. Lo que aumenta el riesgo de infecciones urinarias, que en las personas mayores tienen mayor probabilidad de progresar a infecciones severas. A eso se suman los riesgos de movilidad reducida y de acceso limitado a una alimentación adecuada.
En los albergues, Devia identifica la falta de privacidad como uno de los mayores riesgos, no solo por comodidad sino porque protege contra la violencia sexual, un riesgo que, advierte, «pasa mucho con los niños, pero también con los mayores». También señala el riesgo de caídas en espacios reducidos y mal adaptados. «Una caída significa una fractura para una persona mayor y eso los pone en una condición supremamente limitante dejando en riesgo su vida».
La Defensoría del Pueblo registró condiciones similares en las visitas realizadas a los albergues de Risaralda, entre ellos La Graciela, Mora Mora y Parque El Vergel, donde encontró ocupación total, falta de privacidad y ausencia de censo con enfoque diferencial para la población más vulnerable.
Para Devia, la emergencia expuso un vacío que ya existía antes del terremoto. El papel del médico general en el seguimiento de enfermedades crónicas. «Necesitamos médicos generales en la calle. Necesitamos médicos generales atendiendo la emergencia. Necesitamos médicos generales intentando gestionar todas estas condiciones crónicas de los pacientes mayores», afirma.
Según su testimonio, las personas mayores de corregimientos apartados no tienen cómo llegar a sus citas médicas. Quienes dependían del cuidado de un familiar fallecido en el terremoto ahora carecen de alguien que les administre sus medicamentos o los traslade a sus controles.
¿Qué tener en cuenta para el cuidado de personas mayores en emergencias?
Devia insiste en que la preparación empieza antes de la emergencia, con una lógica que coincide con las recomendaciones del sistema de salud Banner Health, uno de los más grandes de Estados Unidos, para personas mayores en desastres.
Mantener una reserva de medicamentos de uso crónico, con al menos una caja adicional disponible en caso de no poder acceder a una farmacia. Tener a la mano una lista clara de los medicamentos, dosis e instrucciones, junto con documentos de identificación y afiliación al sistema de salud.
Fortalecer la red de apoyo más allá del núcleo familiar inmediato, de forma que, si un cuidador principal falta, otras personas puedan cubrir las necesidades de cuidado. Revisar con anticipación las rutas de evacuación y de acceso a refugios, especialmente para quienes usan silla de ruedas, caminador o bastón.
Devia agrega un principio que aplica tanto en el hogar como en el hospital. Para que una persona pueda cuidar a otra, el entorno tiene que ser seguro para la primera. «No tiene sentido que se mueran cinco personas por estar protegiendo a una», explica, en referencia a los protocolos de evacuación que priorizan salvar el mayor número de vidas posible.
Para el doctor Devia, la deuda de fondo es anterior al terremoto. «No hay derecho a que una persona se tenga que enfrentar a un terremoto viniendo de un escenario complejo para reclamar sus medicamentos, para poder tener una cita médica, para poder tener unas condiciones mínimas de salud que el sistema debería garantizar».
John Clavijo | Jaks
Periodista BienVividos y +





