Moteros veteranos, mucho más que el paso de los años sobre dos ruedas

26 de junio de 2026
Gerardo junto con Humberto y otros integrantes del grupo Moteros Veteranos.

El motero Gerardo Ángel retrata en una selfie a su compañero Humberto Iriondo sin casco, durante una travesía.

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Gerardo Ángel Posada estuvo 30 años manejando moto sin que su mamá lo supiera. Le inquietaba contarle. Hace poco, a un par de años de cumplir 60, por fin se decidió.

Su papá, Guillermo Ángel, murió en un accidente de moto entre Chía y Cajicá (Cundinamarca), cuando él tenía 10 años. Antes de eso, los dos salían con ruanas y gorros de lana, en la moto. La noticia llegó una mañana cuando su tío lo despertó para decirle que su papá «se había enfermado». Supo de inmediato que no era eso. «Yo sabía que se había matado en la moto. Lo tenía clarísimo».

Esa certeza no lo alejó de las motos. Lo dejó con una curiosidad que su mamá convirtió en tabú, y que él convirtió en su forma de vida.

Su primera moto la compró a los 26 años, una XR 200 para hacer enduro, como le dicen los moteros a recorrer trochas y montañas. Con el paso de los años fue cambiando sus motos sin que su madre se enterara. A los 28 se cayó en una trocha, se rompió el ligamento cruzado anterior, y su mamá se preocupó. Prometió no volver a contarle. Cumplió la promesa durante casi tres décadas. El día que le confesó descansó de guardar tremendo secreto, a cambio tuvo que soportar unos cuantos reclamos.

Hoy monta una Honda Africa Twin automática que llama ‘Kati’. La misma que lo lleva a los recorridos que planea con amigos de su misma edad, e incluso mayores que él, por Colombia y países vecinos.

Más que recorrer caminos

Gerardo lleva más de media vida montando moto con Humberto Iriondo, amigo desde el colegio, y quien le hizo ver de otra manera el sentido de los viajes. En noviembre de 2016, cuando faltaba poco para emprender el recorrido que llevaba meses planeando con sus hijos Nicolás y Pedro, Humberto sufrió un infarto.

«Si me pasa algo, ustedes frescos. Me morí feliz haciendo lo que quería», les dijo a sus hijos. Salieron de Bogotá hasta Ushuaia (Argentina) a un viaje de varios meses, que les dejó importantes enseñanzas.

De ese viaje, Humberto dejó registro en unas crónicas que escribió en el celular durante las noches:

«Diciembre 25, 2017. Hola. Si usted está en este grupo es porque pensamos que le puede interesar nuestro viaje en moto desde Bogotá hasta Ushuaia. El trayecto a Mocoa desde San Agustín estuvo bastante húmedo, pues de 189 kilómetros que separan estos dos puntos, nos llovió, creo yo, durante 180. Almorzamos lentejas con arroz, lo mejor de todo, como dice Nicolás, con las tres B: bueno, bonito y barato. Salimos de Pitalito (Huila) y las nubes cargadas de agua insistían en acompañarnos descargando todo su contenido sobre nosotros. Si ayer les dije maravillas sobre las chaquetas, creo que después de un millón de milímetros de lluvia no hay impermeable que sirva.»

En las crónicas finales del viaje, Humberto describe el momento en que llegaron al Gran Pantanal, el humedal más grande del mundo ubicado entre Brasil, Bolivia y Paraguay. Algo que le había prometido a su hijo mayor Nicolás, cuando estaban viendo un documental en 1997:  «El visor del casco del papá alcanzó a empañarse un poco por la humedad de una pequeña lágrima que corre por su mejilla mientras piensa: promesa cumplida».

Una familia de moteros

Germán Torres es vecino de Gerardo, tiene 68 años y lidera, junto a su hermano, el grupo Moteros Veteranos. Una familia extendida de primos, hermanos y sobrinos que llevan toda la vida subidos en una moto. Su padre los inició desde pequeños. Él monta desde los 6 años.

Cuando Gerardo aceptó la invitación de su vecino a salir con el grupo, esperaba una caravana de “cuchos tranquilos”. “Si acaso los esperamos», le dijo a Humberto antes de salir. Esa noche entendió que estaba equivocado.

«Estamos hablando de motociclistas profesionales. Con los Moteros Veteranos, o el geriátrico como les digo yo, fue que Humberto y yo aprendimos a montar en moto de verdad».

El grupo reúne cerca de 20 personas con edades entre los 20 y los 80 años. Germán siempre cierra la caravana para que nadie se pierda. Su hermano va adelante marcando la ruta, que conoce de memoria. No necesita un GPS.

«Si alguien se queda, el de atrás para, y así vamos parando todos», explica Germán. La jerarquía se respeta sin que nadie la declare.

Siete moteros del grupo Moteros Veteranos posan con sus motocicletas durante una parada en uno de sus viajes por Colombia.
Los 7 moteros del grupo Moteros Veteranos hacen una pausa durante uno de sus recorridos por municipios de Colombia. Contando de izquierda a derecha, Germán Torres es el quinto de ellos.

La logística de los recorridos es sencilla. Se reúnen en una bomba de gasolina, hacen una recolecta de cincuenta mil pesos que van rellenando según se necesite, y arrancan. Los hoteles los consiguen en carretera, donde los coja la noche, o acuden a la solidaridad de la gente que van encontrando en el camino.


Por ejemplo, en un viaje por el municipio de Sonsón (Antioquia), una policía les ofreció dormir en la casa de su mamá. En otras poblaciones se han quedado en escuelas rurales con ayuda de los campesinos.

En 2013, Germán y otros moteros recorrieron Centroamérica durante 25 días, unos 500 kilómetros diarios. Atravesaron el tapón del Darién en una canoa de madera y volvieron por el Atlántico sin repetir ni un tramo. En Nicaragua, una familia trajo colchones de las casas vecinas para acomodarlos.

Durante los viajes no almuerzan alimentos pesados porque el sueño en carretera es peligroso. Comen maní, salchichón, lo que encuentren en las tiendas, y llegan a un sitio entre las 4 y 5 de la tarde a comer bien y a hablar de lo que ocurrió en el día.

«Para muchos es la parte más rica del paseo: sentarse, tomarse un trago y hablar mierda», dice Germán.

La moto obliga a estar presente

Entre los destinos que más recuerdan estos moteros están la Alta Guajira hasta Punta Gallinas, el departamento de Vichada, los Llanos Orientales, el Eje Cafetero, los santanderes, Ecuador y Perú.

En cada viaje pasa algo que no estaba planeado. Por ejemplo, una vez Gerardo tuvo un tremendo percance con la moto, se le rompió por la mitad cuando recorría la sabana del Vichada. En ese mismo recorrido, Humberto se partió una pierna contra una cerca, continuó manejando hasta Puerto Carreño, la capital del departamento. Un camión los recogió y llevó sus motos hasta Bogotá. Transportaba una máquina para procesar marañones comprada en la India por desmovilizados del frente 16 de las FARC. Ellos llegaron a la ciudad en un avión militar.

Fotografía de varios moteros veteranos del grupo Moteros Veteranos, estacionados sobre una carretera con un lago de fondo.
Los moteros disfrutan de los paisajes.

Esas historias y otras más, no las da otro medio de transporte, como explica Germán. «En carro uno no huele nada, no siente los cambios de clima, no nota cómo cambia el acento de las personas entre un departamento y el siguiente. Uno pasa del Valle del Cauca a Nariño, que es una línea imaginaria, y el acento es completamente diferente, las costumbres, la comida».

También señala que la moto obliga a estar al ciento por ciento presente: “los problemas de la oficina se quedan en la oficina. Al igual que los problemas de la casa, se quedan en la casa. Para manejar moto hay que ir concentrados y ojalá no manejar de noche, porque si no, uno se mata. Eso sí es una realidad».

Nunca se es viejo

El capitán Gaitán, piloto retirado de Avianca, es el mayor de los Moteros Veteranos. Tiene 80 años. Monta una BMW 1200 y es, según sus compañeros, el más interesado en hacer recorridos y el que más los planea. Se ha caído dos o tres veces, sin mayores consecuencias.

Gerardo quiere seguirle sus pasos. Cuando alguien le pregunta si alguna vez le han dicho que ya está muy viejo para esto, la respuesta es directa: no lo está y no dejará las motos. «Mi mujer me lo dijo hace seis años, cuando hacía enduro y me partía un hueso a cada rato. Por eso me pasé a moto de carretera. No dejaré de ser motociclista”.

Él no toma trago. Su padre murió conduciendo la moto bajo efectos del alcohol, y lleva 27 años en Alcohólicos Anónimos. De esa comunidad aprendió algo que aplica a todo: vivir el día de hoy.

«Ahorita estoy aquí hablando con usted, pero mañana ni idea. Entonces uno tiene solamente el día de hoy y hay que aprovecharlo. Y la moto le da a uno el papayazo para reírse. Entre más sonría uno, más cerquita de la felicidad está».

‘Kati’, su moto Honda, lleva una imagen del Señor de Orgaz, figura de devoción católica de origen español que muchos fieles cargan como protección en los caminos. También porta un lubricante para la cadena y un pato de caucho que le regaló Humberto para la buena suerte.

Aprendió que entre menos cosas lleve, mejor va. En cada viaje empaca tres camisetas, una pantaloneta, un pantalón para caminar de noche, tres calzoncillos y guantes de cuero, que son los que más protegen en una caída. Arranca sin pensarlo mucho, porque si lo hace le da pereza o miedo.

«Camine, listo, nos largamos y ya. No es más».

John Clavijo | Jaks
Periodista BienVividos y +

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