La soledad y el aislamiento social afectan a aproximadamente una de cada cuatro personas mayores, y sus consecuencias para la salud física y mental son comparables a factores de riesgo como el tabaquismo o la obesidad, según lo ha documentado la Organización Mundial de la Salud (OMS) y diversos estudios recientes. Durante la pandemia de covid-19, estas problemáticas se intensificaron especialmente en personas mayores, que vivieron largos periodos de desconexión social y emocional.
“Frente a estos desafíos, es fundamental promover la participación activa de las personas mayores en la vida comunitaria, facilitar el acceso a tecnologías que les permitan mantenerse conectadas y fortalecer el rol del sistema de salud para identificar señales tempranas de aislamiento y brindar acompañamiento psicosocial oportuno. Las estrategias más efectivas combinan acciones individuales, comunitarias y estructurales, y deben adaptarse a contextos diversos para ser verdaderamente inclusivas”, explica Lina María González, especialista en psiquiatría, epidemiología clínica y terapia cognitivo-conductual. Ella es la líder de Salud y Bienestar de la Fundación Saldarriaga Concha, organización reconocida nacional e internacionalmente por su trabajo de 52 años para lograr la transformación de Colombia en una sociedad inclusiva con énfasis en las personas mayores y personas con discapacidad.
González conversó con BienVividosy+ sobre cómo las redes de apoyo ayudan a hacerles frente a estos desafíos del mundo actual. Por qué sentirse apoyado y apoyar a otros resulta ser un factor protector para la salud física y mental de cualquier ser humano.

¿Qué es una red de apoyo y qué impacto tiene en el bienestar, especialmente en el de personas mayores?
Una red de apoyo es el conjunto de personas o grupos con los que una persona mantiene vínculos significativos y de confianza, que le ofrecen apoyo emocional, instrumental (como ayuda con tareas o cuidados) e informativo. En el caso de las personas mayores, estas redes suelen estar compuestas por familiares, amistades, vecinos o grupos comunitarios y son determinantes para su salud física, bienestar emocional y calidad de vida.
Tener una red de apoyo sólida se asocia con menor incidencia de síntomas depresivos, mayor satisfacción con la vida y mejor adaptación al envejecimiento. Muchos estudios han demostrado que no solo recibir apoyo es beneficioso, sino que ofrecerlo también puede generar un profundo sentido de propósito y bienestar personal.
Estas redes también actúan como amortiguadores del estrés y modulan la relación entre rasgos de personalidad, y la salud mental. Asimismo, influyen sobre la salud física, ya que facilitan conductas de autocuidado, adherencia a tratamientos y acceso a servicios.
¿Cómo saber si se cuenta con una red de apoyo?
Identificar si se cuenta con una red de apoyo requiere reflexionar sobre la calidad, disponibilidad y reciprocidad de los vínculos sociales. No se trata solo de cuántas personas nos rodean, sino de si esas personas están emocionalmente disponibles, si uno puede contar con ellas en momentos difíciles, y si las relaciones son recíprocas. Es decir, si existe un intercambio genuino de apoyo.
Además, la percepción de contar con apoyo suele ser más importante que el apoyo realmente recibido, ya que esta percepción tiene un mayor impacto en el bienestar emocional. Por ejemplo, saber que uno puede hacer una llamada y ser escuchado puede ser tan protector como recibir ayuda concreta.
Las redes de apoyo varían según género, edad, nivel educativo y condiciones sociales. Por ejemplo, las mujeres mayores tienden a tener redes más grandes, pero también más emocionalmente exigentes, mientras que los hombres a menudo tienen redes más pequeñas, centradas en la pareja. Las personas con mayores niveles educativos tienden a tener redes más diversas e incluyen relaciones no familiares. En poblaciones vulnerables, como mujeres mayores que viven con VIH, la interseccionalidad puede limitar o moldear la red de apoyo.
¿Cómo se puede construir una red de apoyo?
Construir una red de apoyo implica cultivar relaciones basadas en la confianza, la empatía y la reciprocidad. Esto se puede lograr a través de la participación en espacios comunitarios, religiosos, culturales o educativos; el fortalecimiento de habilidades sociales y el uso de herramientas digitales para mantener la conexión con otras personas.
El contacto con familiares, amistades o incluso nuevos conocidos puede ayudar a disminuir el aislamiento, especialmente si se fomenta desde actividades grupales o programas comunitarios. Las redes pueden fortalecerse también a través de intervenciones educativas que promuevan el autocuidado, la salud emocional y la participación activa. Incluso los “vínculos débiles”, como vecinos o conocidos, pueden ser una fuente valiosa de apoyo y recursos.
También es importante reconocer que cada persona tiene necesidades distintas, por lo que es fundamental crear redes que se adapten a su contexto, preferencias y capacidades. Los programas de acompañamiento entre pares o los grupos de apoyo mutuo han demostrado ser especialmente efectivos cuando se basan en la horizontalidad y el respeto.
¿Conoce experiencias exitosas sobre construcción de redes de apoyo para personas mayores que nos pueda compartir?
Sí. Una de las experiencias más efectivas ha sido la implementación de grupos comunitarios de apoyo con enfoque educativo o recreativo. Por ejemplo, los talleres de envejecimiento activo y las actividades físicas grupales han demostrado reducir significativamente la sensación de soledad y aumentar el sentido de pertenencia.
También se ha evidenciado el impacto positivo de las tecnologías. El sistema PRISM, diseñado para personas mayores, ha permitido mantener la comunicación con familiares y amistades, disminuyendo el aislamiento. Otras iniciativas incluyen grupos telefónicos de acompañamiento, programas intergeneracionales que fortalecen vínculos entre jóvenes y mayores y plataformas digitales adaptadas que permiten compartir experiencias o participar en actividades culturales.
Además, los programas de prescripción social —que vinculan a pacientes con actividades comunitarias desde el sector salud— han sido particularmente prometedores para fortalecer redes y prevenir el aislamiento. Estas intervenciones han demostrado beneficios en calidad de vida, salud mental y participación comunitaria.
Sin embargo, los programas más exitosos son aquellos que se diseñan en colaboración con las personas mayores, responden a sus intereses y se implementan de manera sostenible y culturalmente pertinente, como lo vemos en el país con los voluntariados, los espacios de ocio y recreación común, escenarios religiosos, entre otros.





