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Y la evolución creó a la mujer

4 de mayo de 2026

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Gracias a que el más influyente de los científicos que plantearon la teoría de la evolución biológica, el naturista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), tuvo a bien montarse en el bergantín Beagle y llegar hasta las Galápagos a echarle ojo a pinzones y tortugas gigantes, hoy sabemos que los organismos que mejor se adaptan, los que tienen una mejor respuesta a las presiones biológicas y ambientales, tienen mayores probabilidades de supervivencia.

No obstante, la evolución tiene paradojas. En ocasiones, la superioridad adaptativa termina siendo una desventaja. Por ejemplo, nuestro gran cerebro nos tiene a las puertas de poder tocar las estrellas, mas a un alto costo energético y alta vulnerabilidad ante la escasez de alimentos. La evolución te da, pero a veces también te quita.

Tanto el éxito evolutivo como las paradojas se evidencian en la larga existencia que han llegado a alcanzar las mujeres. En todos los países del mundo tienen una esperanza de vida al nacer mayor que los hombres y de hecho, según la ONU, en promedio mundial mueren con cinco años de edad más que ellos, pero viven también más tiempo con mala salud.

Su mayor longevidad no es resultado de una injusticia o parcialización de los dioses, a favor de las féminas, o de que algún primigenio representante de los varones hubiera sacado la balota perdedora. La explicación está en factores evolutivos, fisiológicos y conductuales: los cromosomas, las hormonas y los comportamientos femeninos.

Las instrucciones que determinan el sexo físico son diferentes para macho y hembra en todas las especies. En los humanos las dan dos cromosomas X para las mujeres, uno X y uno Y para los hombres. La duplicidad del X representa una reserva de información que permite corregir posibles daños del ADN durante la división celular. Si uno de ellos trae defectos de fábrica el otro sirve de backup. El cromosoma Y es corto y único (y está en vía de extinción).

Los estrógenos, las hormonas femeninas, además de feminizar actúan como protección contra enfermedades coronarias porque facilitan la eliminación del colesterol malo, como antioxidantes que absorben sustancias químicas causantes de daño celular y hacen al sistema inmune más potente y eficiente. En resumen, se encargan de hacer a las mujeres el sexo fuerte.

Ellas también tienen psiquis y comportamientos mejor adaptados. No tienen problema con prestarle atención a sus emociones o con mostrar sus sentimientos; tienden a socializar más, a hablar con extraños, a hacer nuevas amistades y, en general, cuentan con una red de apoyo. Todo esto ayuda a su salud emocional. Casi el 75% de suicidios en el mundo lo cometen hombres.

Además, la sensatez femenina aleja a muchas mujeres de las prescindibles actividades de alto riesgo que tanto obnubilan a los hombres, el machismo les ha negado el acceso a trabajos peligrosos y mayoritariamente son ellos quienes participan en guerras y conflictos. Es decir, sufren muchas menos muertes pendejas que los caballeros.

Pero tratándose de las mujeres no todo es color rosa. Las paradojas de la evolución, las brechas de género y el machismo han hecho que su mayor longevidad tenga un lado oscuro, pues sufren más enfermedades durante sus años postreros. Esto se conoce como la paradoja de género en salud: aunque las señoras viven más años esto se convierte en desventaja cuando esos abriles están lastrados por mala salud y una vida deteriorada. Lo que parece una bendición puede llegar a vivirse en el día a día como una larga condena.

La supervivencia que les dan los cromosomas, las hormonas y el sistema inmune hace que en las mujeres predominen enfermedades crónicas (como las autoinmunes o de tiroides, a las que son más susceptibles que los señores), que dañan la calidad de vida, pero no conducen a la tumba. Los hombres sufren más enfermedades letales, cuelgan antes los guayos, acumulan menos años de mala salud.

La brecha de género también quita a las mujeres años de vida saludable. En promedio, las niñas tienen menos acceso a la educación. A mayor nivel educativo hombres y mujeres viven menos años de mala salud. La formación es determinante en la vitalidad durante la vejez porque brinda durante la juventud y la madurez acceso a mejores trabajos, con condiciones menos deteriorantes e ingresos más altos (y por tanto, mejor alimentación y acceso a servicios sanitarios) y provee herramientas para tomar mejores decisiones en todo aquello que afecta la salud. Poca educación conlleva desigualdad, malos trabajos, malos hábitos, más carga de labores en el hogar, estrés crónico, así como menores conocimientos y menos tiempo para el autocuidado.

Las mujeres no tienen en sus cromosomas X el “gen del cuidado”, sin embargo, la sociedad las considera cuidadoras natas. Sobre ellas cae la responsabilidad de velar por hermanos, padres, compañeros, hijos… y hasta mascotas, pero pocas tiene en su agenda cuidarse a sí mismas o no logran hacerlo. La mejor herencia que podrían dejar los hombres a las mujeres es condiciones adecuadas para que el tiempo que los sobrevivan sean años de bienestar. Y eso se logra, entre otras cosas, estimulando y propiciando que se cuiden desde jóvenes.

Casi cualquier comparativo que se haga entre hombres y mujeres termina en punto para ellos, porque la brecha de autonomía y derechos entre los dos sigue siendo ancha y profunda. Cerrarla requiere que todos, (hombres y mujeres y quienes se sitúen en el intermedio), nos comprometamos con las reivindicaciones que desde hace varias décadas busca el feminismo.

Brigitte Bardot fue, quizás, la actriz más representativa de la segunda ola del movimiento feminista, durante los años 60 y 70 del siglo XX, pues se convirtió en paradigma gracias a su actuación en la película Y Dios creó a la mujer (Roger Vadim, 1956), en la que mostró que es posible la existencia de mujeres autónomas, emancipadas de los hombres, libres y dueñas de su cuerpo, sus deseos y su destino (por tanto también de su cuidado y su salud).

BB, como era llamada, murió en diciembre de 2025 a la edad de 91 años y tres meses.