Pocas veces he escrito en primera persona en los 33 años que llevo como periodista, esta vez lo hago porque creo que a partir de mi experiencia puedo contarles a los lectores quién es Francisco Cajiao, el maestro de maestros. Lo conocí hace casi 30 años, poco después de que comencé a cubrir la fuente de educación en el periódico El Tiempo. Entonces él ya era asesor de ministros de Educación; conferencista destacado en los espacios dirigidos a los maestros del país y un señor ‘chévere’ para los estudiantes que le oían decir con desparpajo aquello que ellos querían decirles a los adultos: “los estudiantes no pierden el año, lo pierden los profesores”, por ejemplo.
Pacho, como todo el mundo lo llama, dice lo que piensa sin rodeos. Lo dice a ministros de Educación, maestros y estudiantes, a quienes orienta con sus palabras, aunque diga que no da consejos. Eso mismo ha hecho en diferentes zonas de Colombia, como también en El Salvador, Mozambique, Nicaragua, Guatemala, Honduras, Cuba, Belice, Italia… países en los que ha sido invitado a llevar su conocimiento sobre el sector educativo, al que llegó por cuestiones de religión y se quedó.

Su intención cuando salió del colegio fue ser un integrante más de la Compañía de Jesús, pero terminó siendo rector de las universidades Distrital, Pedagógica y Cafam, profesor, investigador, papá de tres hijos y creador de varios proyectos que sembraron cambios en la educación de este país. Tuve la oportunidad de secundar y llevar a la práctica varias de sus novedosas ideas como es el caso de Código de Acceso, el proyecto de periodismo juvenil de finales del siglo pasado y comienzos de este, como bien queda registrado en Las sirenas y la memoria-Mi travesía por la educación de la Editorial Magisterio.
Un libro que muestra la realidad de este país y de otros a través de las historias de maestros, estudiantes, padres de familia y funcionarios públicos que han querido transformar o impedir la transformación de la sociedad. Un bello texto de memorias que puede inspirar a otras personas a escribir las suyas. Sobre esto y más Pacho conversó con BienVividos y +
¿Cómo hizo para no naufragar en la nostalgia – “una dolorosa enfermedad de la vejez”, como la llama- al escribir el libro?
Para ponerme a tono con la metáfora de Ulises, que de alguna forma atraviesa toda esta reflexión, hay que traer a cuento que la palabra nostalgia (del griego clásico νόστος [nóstos], «regreso», y αλγία [algía], «dolor») es un sentimiento de tristeza mezclado con placer y afecto cuando una persona piensa en tiempos considerados felices del pasado, que también puede parecerse al sentimiento de anhelo por un momento, situación o acontecimiento pasado. Por eso cuando uno se pone a recordar, a desempolvar cosas que ha guardado, fotografías, apuntes de viaje, nombres de personas que se diluyeron en el tiempo, corre el riesgo de quedarse ahí de manera indefinida y olvidar que todavía no ha terminado el viaje. De ahí viene también la idea de las Sirenas que tienen ese canto que fascina al navegante en la Odisea y lo hace olvidar el rumbo.
De verdad estuve tentado a seguir recordando y escribiendo sobre otra serie de historias y experiencias en el terreno del periodismo, de la gestión pública, de proyectos de investigación, pero por fortuna fui interrumpido por grupos de maestros que me invitaban a hacer alguna conferencia, por algún grupo de trabajo que me invitaba a participar en un evento o por la necesidad de terminar algún texto iniciado hace varios años. Todas estas fueron señales de que el camino seguía y también debía dejar atrás el agridulce ejercicio de la memoria.
Siempre ha sido maestro, pero ha terminado como alumno en cada viaje realizado, según cuenta en el libro. ¿Qué aprendió en este viaje a la memoria?
Ha sido una experiencia de escritura muy interesante, que todavía no he terminado de digerir, pues una cosa es coleccionar una serie de textos y otra la expectativa de saber qué tanto pueden interesar a otras personas. Pero tal vez lo que más me impulsó a escribir —que es una cosa muy personal—, y publicar —que es exponerse desde una parte muy íntima ante gente indeterminada ya que los libros suelen tener caminos muy imprevistos—, fue un compromiso de dar testimonio de que la vida de un educador puede estar llena de facetas de una variedad increíble. Siempre creí que escribir memorias era una cuestión de gente muy famosa con un reconocimiento público que diera altísimo valor a su experiencia, pero luego me di cuenta de que también hace falta la visión de quienes hemos sido personas comunes y corrientes, sin grandes pergaminos, pero empeñadas en habitar el mundo tratando de ayudar, de resolver problemas, de proponer nuevas visiones aunque sea en el ámbito limitado de nuestras comunidades.
Suele haber memorias de políticos, de grandes economistas, de artistas que han conseguido la fama, pero sabemos poco de los miles de maestros y maestras que dedican su vida, con mayor o menor éxito, a la formación de las nuevas generaciones. Poco sabemos de cómo surgen y desaparecen proyectos que favorecen el desarrollo de la infancia, al ritmo de los caprichos y ambiciones de gobernantes de turno o de dirigentes privados que siempre piensan ser mejores que sus predecesores. Por eso traje a cuento proyectos que pudieron tener una larga continuidad, pero se diluyeron sin siquiera haber sido estudiados a fondo.
Ese ‘micromundo’ del sistema educativo le mostró cómo es la sociedad de Colombia y de otros países, ¿qué nos puede compartir de esa visión?
Desde hace mucho tiempo vengo diciendo que observar un colegio, la educación de un municipio o el complejísimo sistema educativo nacional es como tener al frente una bola de cristal de lo que será el país a la vuelta de unos años. En la primera infancia y en la adolescencia se construyen los rasgos esenciales de lo que será el devenir de toda nuestra vida. Decía Piaget en uno de sus estudios que quien no se había trazado grandes ideales antes de los 16 o 18 años, difícilmente lo haría posteriormente. Yo veo todavía un sistema en el que los niños no encuentran en los adultos el estímulo para descubrir sus grandes talentos y posibilidades, por estar pendientes de hacerles repetir una serie de tareas mecánicas que no invocan pasión por el conocimiento, por la aventura de crear nuevos mundos y de experimentar ese placer que proviene del esfuerzo que requiere conseguir grandes objetivos. Pareciera que el gran propósito de una vida infantil es pasar año sin importar qué se aprendió verdaderamente.
Con demasiada frecuencia se designan para dirigir el sistema funcionarios que carecen no solamente del conocimiento requerido para semejante responsabilidad, sino que además carecen de audacia y auténtica autoridad para liderar transformaciones profundas. Este es un fenómeno bastante extendido en todo el mundo. Sin embargo, es verdad que hay grupos reducidos en todas partes que demuestran que hay cambios posibles e innovaciones que pueden hacer la diferencia. Eso quise mostrar con proyectos como Pléyade, Ondas, Código de Acceso y los programas de inclusión surgidos de todo el movimiento de la antipsiquiatría en Italia.
Ser el primero en investigar a la juventud; ser el primero en incluir a la niñez en investigaciones del DNP; el primero en pensarse un colegio para quienes no son tenidos en cuenta (el colegio que termina en el circo); participar en el desarrollo de la primera licenciatura en Educación Primaria y otras cosas más qué significó en su trabajo por la niñez.
Por una parte, el sentido común siempre me indicó que si siempre hacíamos lo mismo no sería posible encontrar resultados distintos. Atender problemas complejos en los cuales se ha fracasado repetidamente implica buscar otros caminos y cuando las cosas resultan, así sea parcialmente, se siente el deseo de seguir buscando cosas nuevas. Desde mis primeros acercamientos al trabajo con niños me preocupaba que hubiera tan poco interés en hacer cosas diferentes, aunque se tuviera la evidencia permanente del enorme aburrimiento que esas rutinas tradicionales generaban en el espacio escolar. Tal vez por eso mis primeros trabajos fueron casi todos extra escolares, explorando el espacio de la participación social y política, inventando formas de cooperación, de trabajo social en zonas rurales, etc. El mundo escolar en un principio siempre parecía más impenetrable hasta cuando me tropecé con un colegio en el que sucedían cosas diferentes. Creo firmemente que el cuidado de la infancia es equivocado cuando se centra en asegurar que a niños y adolescentes no les pase nada, en el sentido de mantenerlos en una urna de cristal. Yo creo que es más interesante que tengan la oportunidad de que les pasen muchas cosas: cosas que les abran el apetito por la ciencia, por la aventura de explorar nuevos mundos, de inventar, de viajar, de relacionarse. Esto es lo que hubo en todas las búsquedas de cosas nuevas. Ponerlos en riesgo de triunfar o fracasar, poner en juego su capacidad de resolver sus problemas con un margen amplio de autonomía, obligarlos a rendir cuentas sobre responsabilidades y compromisos adquiridos.
¿Qué recomendaciones hacer a quienes quieren dejar sus memorias escritas? ¿Importante tener escritos previos?
La verdad es que soy malo para dar consejos y, sobre todo, cuando todavía no sé a ciencia cierta cuánto interés podrán suscitar mis propias memorias. Pero sí es bueno tomar notas, guardar ciertos documentos que en su momento parecen triviales, pero que con el paso del tiempo adquieren un significado que uno no imaginaría. Consultar esos apuntes, fotografías, folletos de congresos y cosas por el estilo ayuda mucho a traer a la memoria aquellos momentos en los cuales se puede uno detener para reflexionar sobre la vida que le tocó vivir y los trayectos que decidió recorrer.
¿De quién le gustaría leer sus memorias?
De mi papá o de mi abuelo que vivieron momentos muy importantes de la historia de este país y del mundo. Mi abuelo nació a finales del siglo XIX y en su juventud estudió en la Nueva York de la segunda década del siglo XX. Conocía esa ciudad como la palma de su mano y hoy quisiera saber de dónde sacó su interés por la ciencia, los avances tecnológicos y el arte, de los cuales me alimenté en mi infancia. Mi papá, era de una familia caucana y nunca entendí cómo hizo mi abuela —a quien siempre vi anciana— para levantar ocho o nueve hijos, llegando desde Popayán a Bogotá, y lograr que fueran unos destacados profesionales. Pero además fue un político activo en épocas tan duras como el 9 de abril de 1948, cuando yo apenas tenía un año. De ellos quisiera leer cómo vivieron esa época en la que este país apenas estaba aprendiendo a superar los coletazos de la segunda guerra mundial.
Ángela Constanza Jerez
Cofundadora de BienVividos y +





