Durante la pandemia, Ana María* decidió mudarse a un edificio diseñado especialmente para personas mayores de 55 años. Buscaba un lugar cómodo, tranquilo y seguro, donde pudiera sentirse acompañada. “Yo llegué buscando comunidad, pero no conocía a nadie y tampoco me sentía parte del grupo”, recuerda.
Con el tiempo, entendió que el problema no era solo el lugar, sino el modelo. “La mayoría tenía rutinas muy distintas: algunos necesitaban asistencia permanente, mientras otros seguíamos trabajando o éramos completamente independientes. Y, sin embargo, todos estábamos en el mismo espacio, con las mismas reglas”, cuenta. Su experiencia refleja una conversación cada vez más relevante en Colombia: no todas las personas mayores tienen las mismas necesidades; por tanto, los servicios y programas dirigidos a ellas deben ser diferentes, entre ellos los planes de vivienda.
El estudio Colombia Envejece: las oportunidades de una sociedad longeva, de la Fundación Saldarriaga Concha, ratifica la idea de que las personas mayores no constituyen un grupo homogéneo. Mientras algunas mantienen una vida activa y autónoma, otras requieren apoyos parciales o atención permanente.
Según el DANE, cerca de 13% de las personas mayores de 60 años presenta alguna limitación permanente relacionada con movilidad o discapacidad, pero solo una pequeña proporción de los hogares colombianos está adaptada para responder a necesidades de movilidad o apoyo funcional.
En concepto de Ana María, que ha estado en varias alternativas de vivienda, el mercado inmobiliario debe tener en cuenta diagnósticos como esos para ofrecer diferentes modelos de habitabilidad, que para ella son tres: viviendas para personas activas y autónomas; viviendas con servicios de apoyo parcial y residencias de cuidado especializado para quienes requieren atención permanente. “No es lo mismo alguien que aún trabaja o lleva una vida independiente, que una persona con una dependencia física. Pero muchas veces el mercado nos pone a todos en el mismo saco”, afirma.
Surgen respuestas diferenciadas
Algunos proyectos en Colombia responden a esta diversidad de requerimientos que señala Ana María. Es el caso de Senior Living, un modelo orientado a personas mayores de 50 años que buscan mantener una vida activa en entornos diseñados para la socialización, la seguridad y el bienestar emocional. Según explicó Óscar González, vocero del proyecto, estos espacios priorizan la autonomía de los residentes y cuentan con un área de bienestar encargada de organizar actividades que fortalecen la interacción social y la calidad de vida. “Buscamos que las personas se mantengan activas, conectadas y seguras, sin perder su independencia”, señaló.
El modelo incluye servicios como mantenimiento, asistencia administrativa y opciones de alimentación; además de un filtro de salud que garantiza que los residentes conserven un alto nivel de autonomía. Actualmente, Senior Living opera siete sedes en el país y tiene dos más en proceso de apertura, todas diseñadas con criterios de seguridad para la prevención de accidentes. En cuanto a los costos, González explicó que estos varían según la ubicación, el tipo de inmueble y los servicios incluidos. El proyecto combina modalidades de arriendo y compra y está dirigido principalmente a personas con alto poder adquisitivo.
En cuanto a vivienda asistida, también se encuentran opciones en algunas de las ciudades del país. En Bogotá, por ejemplo, está Entorno que, como señala en su página web, tiene cuatro sedes para diferentes niveles de dependencia. En ese sentido, cuenta con cuidados especializados para enfermedades como Alzheimer y diferentes tipos de demencia, así como otras condiciones que puedan requerir atención médica continua. E, igualmente, dispone de asistencia para las actividades diarias.
Viviendas con participación activa
El factor económico es uno de los grandes desafíos del sector para lograr que las personas que requieran o decidan una residencia compartida puedan tenerla. El otro factor es la ubicación. La mayoría de estos proyectos se concentra en grandes ciudades, mientras que en zonas intermedias y rurales las alternativas son escasas o inexistentes.
Organismos como ONU-Hábitat han advertido que se necesitan más oferta para esta población y que crear viviendas inclusivas no se limita a incorporar rampas o ascensores, sino a promover comunidades donde las personas mayores puedan participar activamente, mantener redes de apoyo y sentirse parte del entorno. En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud recomienda que las viviendas se adapten a las capacidades de las personas y no a sus limitaciones, promoviendo autonomía, seguridad y participación social.
Para Ana María, la experiencia en diferentes viviendas le dejó una enseñanza clara: los espacios pensados para personas mayores son necesarios, pero deben construirse desde la idea de libertad y no desde la espera. “Necesitamos lugares donde podamos seguir trabajando, haciendo ejercicio, aprendiendo cosas nuevas, sin sentir que ya todo terminó”, dice. En sentido, ella hace un llamado a repensar la forma en que se diseñan los espacios para esta etapa de la vida. Más que soluciones únicas, pide para las personas mayores modelos diversos, asequibles por ubicación y dinero, que reconozcan que vivir más años implica el derecho a vivirlos bien.
*El nombre fue cambiado por solicitud de la fuente





