‘Loro viejo’ sí aprende a hablar

15 de octubre de 2025
Laura Polo, profesora de inglés, sentada en el estudio de su casa trabajando en el portátil

Laura Polo, profesora de inglés, siente que el obstáculo en el aprendizaje de una segunda lengua en los adultos no está en su memoria, está en la vergüenza que sienten al fallar. “El error es parte del aprendizaje” | Archivo particular

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A las 6 de la tarde, como de costumbre, Silvia deja sobre la mesa su taza de café. Está a unos minutos de comenzar la clase de inglés. Después de una jornada en la multinacional donde trabaja, ese momento es solo para ella: un espacio íntimo, lejos del ruido, dedicado a un reto que había postergado por años y que a los 43 decidió asumir.

Es psicóloga de profesión, por su trabajo ha viajado mucho y eso le ha significado interactuar con personas en inglés. Aunque entendía lo que le decían, siempre guardó silencio. “En muchas ocasiones era mi esposo quien terminaba respondiendo por mí. Yo sentía temor, pensaba que no era posible hablar”, recuerda.

En el otro extremo de la pantalla está Laura, su profesora. Estudió lenguas modernas en la EAN, mientras combinaba la vida laboral en el sector petrolero con las responsabilidades de ser madre. “Siempre me repetía: si yo lo logré, ¿por qué no transmitirlo a los demás?”, cuenta. Hoy se dedica a enseñar inglés a personas mayores, niños y adolescentes, y su mensaje es contundente: “loro viejo sí aprende a hablar”. Cada clase con Silvia y con otros estudiantes busca demostrar que el aprendizaje no tiene fecha de vencimiento.

Su metodología parte de un principio: cada alumno necesita un camino propio. “En los adultos no funciona una enseñanza rígida. Lo que más les ayuda es aprender con lo que conecta su vida: canciones, viajes, presentaciones de trabajo, incluso conversaciones cotidianas”, explica. Así, Silvia practica con ejemplos de reuniones laborales, mientras otra alumna —una mujer de 70 años— se propuso aprender inglés solo para poder saludar y conversar con sus nietos que viven en el exterior. “Ese simple ‘hello, grandma’ cambia la vida de una familia”, dice Laura con una sonrisa.

La ciencia confirma lo que Laura ve a diario. Silvia reconoce que ahora logra concentrarse más y siente que su memoria se activa con cada clase. “Aprender inglés me obliga a poner atención y a ejercitar la mente. Me ayuda a recordar más cosas”, confiesa.

Daniela López, neuropsicóloga que trabaja en una institución dedicada a la inclusión de niños neurodiversos y adultos, lo explica desde la evidencia científica: “El aprendizaje de un segundo idioma después de los 40 estimula áreas del cerebro relacionadas con la memoria, la atención y las funciones ejecutivas. Aunque la velocidad de procesamiento puede disminuir con los años, el cerebro adulto conserva su plasticidad cerebral, lo que significa que es capaz de generar nuevas conexiones neuronales durante toda la vida”.

El cerebro y el cuerpo lo agradecen

Estudios recientes respaldan estas afirmaciones. Una revisión publicada en Frontiers in Psychology (2020) concluyó que las personas mayores que aprenden una segunda lengua muestran mejoras significativas en la memoria de trabajo, la atención y la flexibilidad cognitiva.


De igual forma, el artículo Effects of Second Language Learning on the Plastic Aging Brain, publicado en Frontiers in Neuroscience (2019), señala que la práctica constante de actividades cognitivamente exigentes —como estudiar un idioma— actúa como un factor protector frente al deterioro cognitivo y la demencia.

Los beneficios no son solo mentales. La neuropsicóloga López agrega que aprender un idioma en la adultez también fortalece la autoestima y la confianza. “Es un logro que impacta en la salud emocional: les demuestra que aún pueden asumir retos grandes y superarlos”, afirma.

Silvia lo vive en carne propia. Al comienzo sentía que se quedaba en blanco, que las palabras no le salían. Hoy se arriesga a hablar, participa en reuniones y se siente más segura en los viajes. “Al principio me daba pánico, ahora siento que cada palabra me abre un mundo”, dice.

Para Laura, el verdadero obstáculo no está en la memoria, sino en la vergüenza. “El error en los adultos se convierte en una carga, como si no se les permitiera fallar. Pero el error es parte del aprendizaje. Lo importante es seguir intentando”, asegura.

Lo que la neurociencia demuestra con gráficos, Laura y Silvia lo confirman con su historia: el cerebro sigue aprendiendo, el corazón también. Y cada nuevo verbo, cada intento, es una forma de mantener viva la curiosidad y de hacer más fuerte y productivo el cerebro.

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