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¡Hybris!       

1 de septiembre de 2026

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Un día, el sátiro Marsias, un ser mitológico mitad hombre mitad macho cabrío, encontró en el bosque un aulós (una especie de flauta doble), recién inventado y prestamente desechado por la diosa Atenea, porque al tocarlo se le inflaban los cachetes y se le deformaba su divino rostro.

Marsias practicó hasta convertirse en un erudito capaz de ejecutarlo a la perfección (según él) y se le ocurrió la fantástica idea de retar a un duelo musical a Apolo, divinidad, entre otras cosas, de la medicina y de la música, con las musas como juezas. El olímpico perdió, pero pidió un segundo round e impuso una condición imposible de cumplir por un simple hombre: tocary cantar al mismo tiempo. Marsias, por supuesto, fue derrotado y en castigo por su soberbia, su hybris, por atreverse a retar a un dios poderoso y ponerse a su nivel recibió la némesis, la venganza divina: Apolo lo ató a un árbol y lo desolló vivo.

Con sus mitos, los antiguos griegos describieron a la perfección la naturaleza humana. A pesar de que sucumbir a la soberbia no es exclusivo de ningún género, son los hombres sus víctimas más fáciles y frecuentes. Si las mujeres viven más que los hombres gracias a su genética, sus hormonas y sus comportamientos, como ya es bien sabido, también se debe a que a muchos hombres los ciega, ensordece y enmudece (o hasta embrutece) la hybris. Marsias no lo pensó dos veces antes de poner el pellejo en peligro.

Algunos de los factores que hacen que ellos vivan menos que ellas están fuera del gobierno masculino: sus genes o los efectos nocivos de la testosterona (que suprime la respuesta inmune y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares), pero hay otros que sí se pueden manejar: hábitos de consumo nocivos, participación impulsiva en actividades de riesgo, desdeño de las señales del cuerpo, deficiente asistencia a servicios de salud. Comportamientos de macho cabrío.

Para las generaciones jóvenes ese modelo de masculinidad puede estar cambiando (a paso lento), pero los hombres mayores de hoy en día crecieron escuchando, repitiendo e interiorizando durante toda su vida frases ancestrales como “los hombres no lloran”, porque son fuertes, toleran el dolor y el sufrimiento.

Esa y otras “perlas” similares hacen que se nieguen a pedir ayuda (hasta para encontrar una dirección) y pueden llevarlos al deterioro de su salud física y mental. Un hombre “que se respete” no expone sus sentimientos, no se muestra débil, no hace públicas sus angustias o sus flaquezas; no va a ir quejarse con un “matasanos” por un dolorcito, por alguna menudencia, mucho menos por estar un poco triste. No es extraño que la depresión masculina esté subdiagnosticada.

Las estadísticas muestran que las mujeres acuden en mayor cantidad y con mucha más frecuencia a citas médicas de prevención, tratamiento y control mientras que los hombres tienen a postergarlas o simplemente ignorarlas hasta cuando ya es inaplazable porque sienten molestias imposibles de ignorar. En muchos casos puede ser ya demasiado tarde. Los eternos aplazamientos de las citas médicas les pasan factura a los hombres mayores… y puede llegar a ser imposible de pagar.

Factores fisiológicos, anatómicos y sobre todo culturales ayudan a explicar la desidia real o aparente de los hombres frente al cuidado de su salud. Con frecuencia, en el fondo no es falta de interés o preocupación sino que los hombres suelen tener más miedo que las mujeres al diagnóstico que puedan recibir y al tratamiento al que deban someterse, cuando no es aprehensión a los exámenes y a los controles periódicos.

Los hombres no tienen un contacto frecuente y desde edades tempranas con los médicos, como sí lo tienen las mujeres con los controles ginecológicos. Para ellas asistir rutinaria y juiciosamente a esas consultas estimula su conciencia de prevención o al menos de aceptación del “mal necesario” que es ir periódicamente al médico.

Los temas y los mitos de índole sexual (los mitos urbanos, que confunden; no los griegos, que ilustran) generan en los hombres vergüenzas o tabús y consultar por eso les desuella el ego. Numerosos casos de cáncer de próstata son detectados en estado avanzado en hombres que nunca en su vida fueron donde un urólogo, pues tan solo hablarles del examen necesario es ponerles el dedo en la llaga.

Otro motivo para que no acudan a los galenos es la negación, la falsa idea de que pueden ignorar el problema hasta que se resuelva por sí solo, de que el tiempo se encargará de curarlo. Los hombres tienden a minimizar los síntomas y las posibles consecuencias de la enfermedad por una utópica confianza en que siguiendo con la vida normal el cuerpo sanará por sí solo.

Los hombres se han asignado la obligación de ser seres poderosos responsables de proveer y proteger. Lo que no esté relacionado con sus obligaciones puede esperar, más aún cuando, según ellos, las mujeres (a quienes se les ha asignado el papel de cuidadoras) deben ser las encargadas de solicitar y tener presentes las citas médicas, de administrar la dieta y los medicamentos o de estar atentas a los cambios en la salud de los miembros de la familia.

El único propósito que debería tener el aumento de la longevidad es que los años extra de nuestra experiencia humana sean plenos y gozosos. Para que la prolongación de la existencia la podamos disfrutar juntos hombres y mujeres se debe tratar de disminuir la brecha que hay en la expectativa de vida de los dos sexos. Para ello es deber de los hombres ser responsables de su propia vida y del tipo de vejez que quieran construir desde la juventud y la vida adulta, afrontar sus dolores o incertidumbres, buscar ayuda, no retar al dios de la medicina, dejar la hybris a un lado y tener claro que cuidar la salud también es cosa de machos.