Quienes me conocen saben, y deben de estar cansados de oírmelo decir, que anhelo tener una larga vida, lograr estar en estos parajes de locura en que se vislumbra la tierra por una muy buena cantidad de años. Masoquista que somos los humanos. Me resulta bastante extraño, pues lo creía sobreentendido, que en todas esas oportunidades he tenido que terminar aclarando que siempre y cuando cuente con todas mis capacidades físicas y mentales intactas; bueno, si no intactas sí viables; y si no todas sí las necesarias como para que pueda hacer lo esencial por mí mismo. Lo que hace cualquier persona de más de 60, 70 u 80 años: quejarse de lo caro que está todo, criticar a los jóvenes o lamentarse de que antes todo era mejor.
En realidad esto es uno más de los clichés respecto a esa parte de la vida. La parte final y quizás por ello la que más puede generar incertidumbre o angustia. Es normal que nos inquiete cómo llegaremos a la vejez, pero eso depende directamente de factores como el nivel cultural y educativo; las condiciones de vida durante la juventud y la adultez; el entorno social y, por sobre todo o, más bien, como resultado de todo, de la salud y de los hábitos que hayamos tenido. El aumento de la expectativa de vida también ha influido en la visión que se tiene acerca de estos años. Según el Dane, en Colombia la esperanza de vida al nacer pasó de 50 años en promedio para hombres y mujeres en 1953, a 77 en 2023. Vivir más da relevancia a las preguntas de para qué y en qué condiciones.
Existe la idea de que la vejez es una etapa en la que el deterioro físico es algo inevitable y fisiológico y que simplemente hay que aceptarlo y sobrellevarlo lo mejor posible porque no hay nada que hacer, el cuerpo se desgasta, la renovación de las células se ralentiza, las hormonas escasean, la melanina se agota, los dientes se aflojan, todo duele y la gravedad acecha y gana. La asociación de vejez con enfermedad, soledad e invisibilidad es otro más de los estereotipos negativos de nuestra sociedad.
Los modelos de vida rápida y moderna que se promueven por distintos medios terminan propiciando la enfermedad y el deterioro que con otras formas de existencia se podrían prevenir o retrasar. El consumo de ultraprocesados y precocidos, de horas eternas de series de televisión, de sustancias contaminantes pasan su cuenta algún día y llegar al sexto piso (y +), es un momento propicio. Para el comercio de medicamentos es jugoso. Según datos de la empresa de investigación de mercado Grand View Research, el mercado global de antihipertensivos fue de más de 23 mil millones de dólares en 2023. En el 2030 será de más de 30 mil. Las cifras respecto a los antidiabéticos pasarán de 79 mil millones en el 2023 a 157 mil en el 2033.
En otro lado del espectro, quizás huyendo del escenario del desgaste físico y gracias al aumento de la conciencia del autocuidado, más un equivocado empujón de las redes sociales, van de la mano la obsesión de mantener la juventud por siempre y el consumo voraz de productos y de cirugías. Una persona de aspecto sano y juvenil aleja la muerte y no va a estar sola. Según Forbes Argentina, el mercado mundial de productos contra el envejecimiento (cremas para la piel, suplementos alimenticios, procedimientos tanto invasivos como no invasivos y cuidados del cabello) crecerá de 73 mil millones de dólares en 2024 a 140 mil en diez años. Las investigaciones para la eterna juventud mueven aún más dinero. Muchas fortunas se nutren de temores y las farmacéuticas se frotan las manos de satisfacción. Con cara ganan y con sello no pierden.
Existen, por supuesto, otras opciones. No deja de parecerme un poco irónico que tanto para preservar la salud como para mantener un aspecto sano y, si se quiere, juvenil funciona la misma fórmula: alimentación correcta, práctica frecuente de ejercicio de fuerza y actividad social e intelectual e incluso el uso racional de ayudas extra. La vejez es también una gran oportunidad para seguir creciendo como personas o de hacer todo tipo de cosas que nunca antes fue posible. Todos tenemos el potencial de llevar una vida sana y plena al hacernos mayores, con un desgaste normal, pero funcional, viable y feliz. Eso no debería ser un privilegio de quienes pueden pagarlo, pero para eso se requiere de saneamiento medioambiental, de programas sociales que mejoren las condiciones de vida y de educación y prevención desde la infancia.



