La vejez no implica el fin de la actividad sexual. Es más, los encuentros sexuales son importantes para las personas mayores y tienen un amplio espectro de experiencias, que aportan a su bienestar. Por eso, es relevante para ellas conversar sobre este tema, aunque a veces les resulte difícil, especialmente con el personal de la salud. Una situación que refuerza tabúes influenciados por normas socioculturales, que parecen decir: de eso no se habla y menos en la vejez.

A esas conclusiones, de manera general, llegó la investigación ‘Sexualidad y bienestar en personas mayores no institucionalizadas’, dirigida por la psicóloga María Fernanda Reyes, profesora asistente del Departamento de Psicología de la Universidad de los Andes, quien contó con profesionales de investigación y del Semillero de Psicogerontología de la universidad. En total, participaron diez personas, entre estudiantes de pregrado y posgrado,
quienes hicieron entrevistas y diligenciaron o motivaron las respuestas a una encuesta digital de 615 personas residentes en Bogotá, con edades entre 56 y 94 años.
Todas fueron contactadas a través de líderes de distintas localidades de Bogotá, que las reunieron en centros día comunitarios o en espacios organizados por ellos y los investigadores. Aunque estaba previsto que la muestra sería a partir de los 60 años, resultó difícil ubicar personas trans mayores de 60 años, pues el objetivo era garantizar la inclusión de diferentes géneros y orientaciones sexuales diversas.
La investigación se ha dado a conocer en conferencias académicas y en este momento los investigadores están escribiendo artículos científicos. Algunas de las personas mayores participantes también conocen los resultados. BienVividos y + entrevistó a Reyes para ahondar en los resultados del estudio. Ella insiste en la necesidad de dar un mayor peso a la sexualidad de las personas mayores, seguir investigando en este campo y fomentar la inclusión de programas formativos sobre este tema en los centros educativos de los profesionales de la salud.
“Esta investigación logró darle voz a un tema que aún está fuertemente estigmatizado, y que con frecuencia se evita o se minimiza. Asimismo, los resultados nos permiten reconocer y compartir que la sexualidad es un aspecto fundamental para el bienestar y la satisfacción con la vida de las personas mayores. Además, este trabajo abre la posibilidad de incluir estos temas en la formación de los profesionales de la salud, promoviendo que puedan abordarlos de manera asertiva, sensible y proactiva”, asegura.
Según lo que evidenció la investigación, ¿cuál es el rol de la sexualidad en el bienestar de las personas mayores?
La sexualidad cumple un papel central en el bienestar de las personas mayores, no solo como una expresión física, sino como una fuente de conexión emocional, afecto y sentido de vida. Los hallazgos muestran que mantener una vida sexual activa y significativa se asocia con mayor satisfacción relacional, a través del amor, el compañerismo y el vínculo de pareja, así como con un mayor autocuidado, activación conductual y afecto positivo. En términos de salud mental, el bienestar sexual se relaciona con mayores niveles de resiliencia y apoyo social, y con menores síntomas de depresión. Estos factores psicosociales actúan como mediadores que fortalecen la calidad de vida y el bienestar emocional en la vejez. Asimismo, las experiencias de conexión emocional, amor y compañerismo derivadas de la sexualidad y el tener una pareja refuerzan los recursos psicológicos y sociales que sostienen el bienestar en la vejez. En conjunto, la sexualidad se configura como un componente integral del bienestar psicológico, emocional y social, favoreciendo una percepción más positiva y plena de esta etapa vital.
¿Cómo las personas mayores experimentan y entienden sus identidades como seres sexuales?
Las personas mayores experimentan y comprenden su identidad sexual a partir de una combinación entre sus creencias, experiencias previas y los cambios propios del envejecimiento. Para muchas, la sexualidad continúa siendo una fuente de placer, intimidad y conexión, aunque se exprese de formas distintas a las de etapas anteriores. Los derechos sexuales y la agencia sobre el propio cuerpo se vuelven elementos fundamentales que permiten mantener la autonomía, el disfrute y el sentido de identidad como seres deseantes.
Aun así, esta vivencia está mediada por factores socioculturales como el machismo, el edadismo y los estigmas en torno a la sexualidad en la vejez. Sin embargo, muchas personas mayores resignifican sus experiencias, adoptando una visión más libre y centrada en el afecto, la ternura y el placer compartido, encontrando nuevas formas de disfrute pese a los cambios físicos o de salud propios del envejecimiento.
¿Es diferente la sexualidad por décadas en la medida en que las personas son mayores? Es decir, entre los 56 y los 66 y en adelante?
En realidad, lo que encontramos es que la edad por sí sola no determina si la sexualidad se mantiene activa o no. No existe una relación directa entre envejecer y dejar de vivir la sexualidad; más bien, lo que ocurre es que la forma de experimentarla cambia con el tiempo. A medida que las personas envejecen, la sexualidad tiende a transformarse y a centrarse más en los aspectos afectivos, emocionales y relacionales: el cariño, la compañía, el contacto físico, el compañerismo o el simple hecho de compartir con una pareja.
Eso no significa que la dimensión física desaparezca. De hecho, hay personas en edades muy avanzadas que siguen priorizando esa parte, pero sí vemos que para muchas otras la sexualidad se redefine. Pasa de ser algo centrado en la actividad sexual en sí misma a convertirse en una forma de conexión, disfrute y vínculo emocional que sigue siendo fundamental para su bienestar.
¿Y en el caso de las personas de la comunidad LGBTI?
La sexualidad ha tenido un papel muy particular a lo largo de su vida, porque muchas veces ha estado profundamente ligada a su identidad y a sus procesos de aceptación personal y social. Para varios participantes, la sexualidad incluso fue vivida como una especie de obligación o como un eje central de su existencia, especialmente en contextos donde el trabajo sexual formó parte de su historia o de sus estrategias de supervivencia.
Sin embargo, en la vejez igualmente ocurre algo muy interesante, la sexualidad empieza a transformarse y a centrarse más en el afecto, la conexión emocional y el deseo de tener vínculos significativos. Aun así, algo que resalta en esta población es que tiende a tener menos parejas estables y, justamente por eso, expresa un mayor deseo de contar con una relación estable, de compañía y cuidado mutuo en esta etapa de la vida.
Adicionalmente, las personas LGBTIQ+ enfrentan muchas barreras al momento de acceder a servicios de salud respecto a su salud sexual, han enfrentado discriminación y dificultades al hablarlo porque se asume una heteronormatividad en las relaciones interpersonales y una cisnormatividad que no reconoce a las identidades de género diversas como individuos sexuales.
En ese sentido, la sexualidad en la comunidad LGBTI mayor sigue siendo importante, pero cambia de forma: deja de ser solo una cuestión de identidad o práctica, y se convierte en una búsqueda de intimidad, reconocimiento y afecto en un momento donde muchas veces ha experimentado soledad o exclusión.
¿Qué conclusiones extrae sobre una buena salud sexual en la medida en que se va envejeciendo? ¿Qué papel tienen la seducción y la intimidad en ella?
Una buena salud sexual en la vejez no depende únicamente de la parte física o de la frecuencia sexual, sino de la capacidad de mantener el deseo, la intimidad y la conexión emocional consigo mismo y con los demás. En esta etapa, la sexualidad se vive más como una forma de afecto, ternura y bienestar, donde sentirse vivo, deseado y en contacto sigue siendo fundamental. Por ejemplo, la seducción sigue teniendo un papel importante, pero se transforma: ya no se trata solo de atraer al otro, sino de reconectarse con la propia identidad y con la posibilidad de sentirse atractivo o deseable más allá de los cambios físicos. La intimidad, por su parte, se convierte en el núcleo de la experiencia sexual, en la confianza, el cariño y la complicidad que se construyen con el otro.
Por otro lado, una buena salud sexual implica poder acudir a profesionales de la salud, ya sea por dificultades físicas o por aspectos emocionales relacionados con la sexualidad, y recibir un acompañamiento adecuado, empático y libre de prejuicios. Que las personas mayores puedan hablar de estos temas, recibir buen feedback y encontrar soluciones a sus inquietudes o problemáticas, es parte esencial del bienestar sexual. En definitiva, la salud sexual en la vejez tiene que ver con el autocuidado, la conexión y la posibilidad de seguir disfrutando del cuerpo y del vínculo desde una mirada integral y digna.
Precisamente, la investigación muestra que el personal de salud y, en general, el sistema de salud son una barrera para las personas (en especial las mayores) al momento de hablar sobre su salud sexual e identificar las estrategias de afrontamiento ante posibles problemas en su salud sexual. ¿Qué llamados tiene en este aspecto?
Este hallazgo hace un llamado a promover una corresponsabilidad entre el sistema de salud y las personas usuarias para favorecer el abordaje de la salud sexual, especialmente en la población mayor. Es necesario que los espacios de atención sean seguros, empáticos y libres de juicios, de modo que las personas puedan hablar con confianza sobre su vida sexual y sus preocupaciones. Sin embargo, esta apertura no debe recaer únicamente en el paciente: los profesionales también tienen la responsabilidad de abordar activamente el tema, sin esperar a que sea la persona quien lo mencione, integrándolo como parte natural del bienestar general.
En este sentido, el llamado es tanto a la formación del personal de salud, para que reconozca sus propios prejuicios y adquiera herramientas comunicativas que le permitan hablar de sexualidad con respeto y sensibilidad, como a las instituciones, para que incorporen la sexualidad como un componente esencial de la atención integral, digna y basada en derechos a lo largo de todo el ciclo vital.





