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El encuentro con ‘La Catrina’ y su preparación

27 de octubre de 2025

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En México, cada año, los primeros días de noviembre las personas construyen altares para honrar y recordar a sus seres queridos fallecidos. Entre fotografías, música, ofrendas, velas, pétalos de caléndula y alebrijes, celebran el Día de los Muertos; una festividad que invita a las almas a regresar al mundo de los vivos para reunirse con su familia una vez más. Guiadas por la luz de las velas y el aroma de las flores y del copal, las almas cruzan el umbral que separa la vida de la muerte. Es un día en el que el límite de ambos mundos se desdibuja. Un día en el que se celebra la vida de los aún vivos, pero también se celebra la muerte y la fugacidad de la existencia humana.

Esta tradición mexicana reconoce que la vida debe ser honrada y que, incluso después de la muerte, los seres queridos permanecen presentes en los recuerdos de otros, en nuestros objetos, en la música que nos gustaba, en los lugares que habitábamos. Asumir esta comprensión de la vida y de la muerte permite aliviar temores y cuestionar mitos y leyendas que las envuelven. Si entendemos que la muerte nos acompaña siempre y que puede ser desafiada mediante el recuerdo y la vida misma, aprendemos a vencer la angustia que provoca su certeza.

Por eso también es importante planear nuestra propia partida y comunicar a nuestros seres queridos cómo queremos ser recordados. Y aunque los pensamientos sobre la muerte nos asaltan a menudo, suelen identificarse con más fuerza durante la vejez, cuando la conciencia de la finitud se vuelve inevitable.

Erik Erikson, un psicoanalista alemán, propuso la teoría de las etapas psicosociales del desarrollo. Esta teoría plantea que a medida que envejecemos, nos vemos confrontados con decisiones y momentos cruciales. En la vejez, entendida desde aproximadamente los 65 años, las personas enfrentan el dilema de tener una satisfacción con la vida y de encontrar un balance vital. Un balance entre la insatisfacción y el arrepentimiento. Superar este dilema implica desarrollar la virtud de la sabiduría y de aceptar su historia con serenidad, incluso al verse enfrentados con la muerte. Quienes logran esta sensación de plenitud y paz pueden afrontar la muerte con tranquilidad y compartir su sabiduría con otras personas. En cambio, quienes no resuelven este conflicto pueden experimentar intranquilidad y temor a la muerte.

Parte de desarrollar la integridad en esta última etapa no solo se traduce en mayor bienestar, satisfacción y tranquilidad, sino también en alcanzar la sabiduría y serenidad necesarias para planear nuestra propia muerte. Para hacerlo, primero debemos estar dispuestos a hablar sobre ello. Hablar de la muerte no significa desearla ni querer morir; significa aceptar su inevitabilidad. Además, hablar de la muerte nos ayuda a procesar nuestras emociones. Con frecuencia, nuestro cerebro emocional se activa antes que el racional, haciéndonos sentir sin comprender del todo lo que sentimos Para poder elaborar estas emociones complejas debemos hablarlas, nombrarlas y compartirlas. Así, la palabra se convierte en una herramienta para integrar lo que la razón y la emoción experimentan de manera distinta.

Aunque es un tema delicado para tratar con familia y personas cercanas, es una conversación crucial que no solo ayuda a reducir la ansiedad y el temor frente a la muerte, sino que también es un ejercicio práctico y necesario porque ayuda a los seres queridos a prepararse emocional y logísticamente para el final de la vida. Estas conversaciones pueden llegar a reducir la carga que los allegados enfrentan tras la pérdida y facilita la toma de decisiones en momentos difíciles.

Un contexto donde estas conversaciones surgen con naturalidad es en el religioso. Con frecuencia, las personas no perciben la muerte desde su dimensión física, sino desde una perspectiva espiritual. A menudo se la comprende como un pasaje, una transición entre mundos, o como el reencuentro con lo divino. Esta visión de la muerte como tránsito ofrece consuelo, pues permite imaginar una existencia más allá del plano terrenal, lo que permite planificar y reflexionar sobre el final con mayor serenidad. Pensar y planificar nuestra partida, entendida como un paso hacia otra forma de existencia, alivia el temor y facilita la aceptación de lo inevitable.

Reflexionar sobre nuestra espiritualidad y conversarlo con nuestros seres queridos puede ayudarnos a descubrir qué significados le damos a la muerte y así iniciar un proceso de reflexión que haga posible prepararnos para ella. A continuación, se presentan algunas preguntas que pueden ser un buen punto de partida para estas conversaciones:

  • ¿Qué creo que pasa después de la muerte?
  • ¿Creo en la existencia del alma?
  • ¿Existe otro plano astral, celestial o espiritual?
  • ¿Qué dice mi religión/espiritualidad que pasa después de la muerte?
  • ¿Con qué estoy de acuerdo y con qué no?

Además de la dimensión espiritual, también es importante hablar de la muerte desde una perspectiva física y médica. En particular, se debe comunicar y dejar por escrito las preferencias para el tratamiento médico. Puede ser útil reflexionar sobre estas preguntas:

  • ¿Qué tipo de tratamientos deseo o no recibir si mi estado de salud empeora?
  • ¿Quiero que se apliquen medidas de soporte vital (como respiradores o reanimación) si no hay posibilidades de recuperación?
  • ¿Prefiero cuidados paliativos enfocados en el confort y el alivio del dolor, aunque esto acorte mi vida?
  • ¿Qué significa para mí tener “calidad de vida”?
  • ¿Dónde quisiera pasar mis últimos días: en casa, en un hospital o en un centro de cuidados paliativos?
  • ¿A quién quiero asignar como mi representante o “apoderado” para decisiones médicas si yo no puedo expresarme?
  • ¿He hablado con mi familia sobre mis deseos para que respeten mis límites médicos cuando llegue el momento?

Es importante recalcar que para que cualquiera de estas opciones sea viable, se debe dejar una voluntad anticipada. Este es un documento firmado, notariado o que haga parte de la historia clínica, donde especifica los deseos para el final de vida. Esto no solo nos permite estar preparados frente al evento de nuestra muerte, sino también nos permite tener autonomía de nuestra propia historia. Además de la planeación médica, la preparación financiera también es vital, pues ayuda a evitar disputas y conflictos familiares. Podemos preguntarnos lo siguiente:

  • ¿A quién deseo dejar mis bienes principales (casa, ahorros, pertenencias personales)?
  • ¿Tengo un testamento actualizado y legalmente válido?
  • ¿He dejado instrucciones claras sobre contraseñas, cuentas en línea o servicios digitales que manejan mi dinero?
  • ¿He informado a alguien de confianza sobre dónde están los títulos de propiedad, escrituras, mi testamento y otros documentos?

Planear el rito fúnebre también resulta esencial, pues nos otorga autonomía sobre cómo queremos ser recordados y, además, ayuda a los familiares a cumplir con nuestras últimas voluntades desde el amor y el respeto. Podemos guiarnos con estas preguntas:

  • ¿Deseo que mi cuerpo sea enterrado, cremado o donado?
  • ¿Deseo un funeral, velorio o ceremonia conmemorativa?
  • ¿Quiero que sea una ceremonia religiosa, espiritual, laica o de otro tipo?
  • ¿Qué papel quiero que tenga mi familia o mis amigos cercanos en la ceremonia?
  • ¿He expresado mis deseos sobre la conservación o el destino de mis cenizas?
  • ¿Cómo quiero que se me recuerde o que mi vida sea honrada?

Es cierto que todas estas preguntas pueden resultar inquietantes. Pensar en nuestra propia finitud, pero también pensar en nuestra familia y amigos cercanos lidiando con el duelo, no es nada fácil. Por eso, lejos de fomentar el miedo, estas preguntas y la invitación a hablar sobre la muerte quieren incentivar la comprensión, la autonomía y la conexión humana. Normalizar este tipo de conversaciones hace que el miedo disminuya y que las personas podamos afrontar la pérdida con más serenidad, realismo y con menos tabúes. También nos permite tomar decisiones informadas sobre tratamientos médicos, rituales funerarios y disposición del cuerpo, lo que puede ayudar a liberar a nuestros familiares de decisiones difíciles en momentos de duelo.

Es así como hablar de la muerte no significa invocarla, sino reconciliarnos con su presencia constante en la vida. Conversar sobre el final de la existencia, tomar decisiones anticipadas y dejar instrucciones claras no solo es un acto de autonomía, sino también un acto de amor hacia quienes permanecerán. De este modo, hablar y planear la muerte se convierte en una forma de honrar la vida misma, pues nos permite alivianar la carga emocional y perpetuar nuestra existencia más allá de la ausencia física. Estar preparados para nuestra muerte hará que el camino hacia el reencuentro con los vivos, cada primero de noviembre, sea más ligero; las velas brillarán con mayor fuerza, el aroma de las flores será más intenso y nuestros seres queridos nos recibirán con los brazos abiertos, porque la muerte no se teme: se conversa.

Por: Gabriela Morales Santana y María José Castro