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Dos almas añejadas conversan en un parque

19 de marzo de 2026

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En el otoño de sus vidas, un veterano exmilitante comunista y un jubilado se encuentran en la banca de un parque, que a veces se convierte en trinchera y otras, en confesionario. Se bromean, se pelean, se engañan, se necesitan. Se quieren sin quererse. Y de su relación, medio áspera, medio tierna, surgen montones de lecciones para quienes doblamos la mitad del siglo.

‘Parque Lezama’ es la nueva joyita, sutil y modesta, del gran director argentino Juan José Campanella, disponible en Netflix. De Campanella se recuerdan en Colombia su grandiosa ‘El secreto de sus ojos’ (premio Óscar a mejor película extranjera en 2010), ‘El hijo de la novia’, ‘Futbolín’ y ‘El mismo amor, la misma lluvia’, entre otras. Pero, sobre todo, ha sido el mentor de toda una generación de cineastas y actores argentinos que lo han acompañado en sus películas, como Ricardo Darín, Soledad Villamil u Óscar Martínez.

Luis Brandoni (en el papel de León Schwartz) y Eduardo Blanco (Antonio Cardozo), en Parque Lezama

Y también los dos experimentados protagonistas de ‘Parque Lezama’: Luis Brandoni (en el papel de León Schwartz), quien en la vida real está próximo a cumplir 86 años. Y Eduardo Blanco (Antonio Cardozo), con sus frescos 68 años.

Los dos sostienen la trama durante casi dos horas que inspiran, hacen reír, hacen llorar, pero sobre todo miran de frente a la vejez, sin vergüenzas. Todo lo contrario: casi que la honran y enaltecen, a pesar de sus dolores.

La película se estrenó en Argentina con el título evocador del Parque Lezama, que es uno de los sitios públicos más tradicionales, históricos, de Buenos Aires y es asociado con frecuencia a la fundación de la ciudad en el siglo XVI. En inglés, tiene un título más teatral: ‘Strangers in the Park’ (Extraños en un parque), que no solo funciona mejor en el mercado internacional, sino que describe su temática de manera óptima. Tiene ecos de un éxito famoso de Frank Sinatra (‘Strangers in the Night’) y de los diálogos del teatro. Porque sí: la cinta es muy dialogada, sin fuegos artificiales, ni efectos especiales. Su mayor valor es lo que dicen (y lo que ocultan) sus dos protagonistas.

Por supuesto, esta alegoría del teatro no es gratuita. El guion está basado en la obra teatral ‘Yo no soy Rappaport’, de Herb Gardner, que luego fue llevada al cine con las actuaciones de Walter Matthau y Ossie Davis, como dos hombres trajinados que se sientan en Central Park a conversar con los rascacielos de Nueva York por testigos.

Y como la palabra es la esencia de esta película teatral, sus frases más impactantes quedan resonando en la memoria:

“A veces la verdad me queda un poco chica”. Schwartz es un mitómano compulsivo, que hace de la mentira un arte y vive tan cómodo en ella que, por momentos, se la cree. Improvisa fábulas creíbles para resolver los problemas más comunes de la vida cotidiana. Y claro: la vida suele vencerlo por nocaut.

“Si fui una sola persona durante 86 años, ¿por qué no puedo ser cien en los próximos cinco?”. Tanto la edad como las múltiples caretas son verídicas en el actor que es Luis Brandoni. Hasta el pasado de su personaje puede calzarle perfecto, ya que en el siglo XX fue activista político y tuvo que exiliarse ante las amenazas, poco antes de la dictadura. Su prolífica carrera en teatro, cine y televisión le ha deparado no cien, sino cientos de personajes.

“¿Para qué queremos vista, si tenemos visión?”. Una sentencia para esculpir en piedra, que sirve de colofón a un momento particularmente emotivo, cuando Cardozo admite sus problemas oftalmológicos, pero aclara que en los sueños ve todo nítido y a colores. El problema es que cuando se despierta, la vida real se nubla como si fuera un sueño.

“La nostalgia mata más viejos que los infartos”. Escogí semejante frase para cerrar esta columna porque es una lección de dignidad: Si bien la película, la música y la fotografía están nostálgicamente cargadas, no es una mirada lastimera a los años dorados, sino que es más bien un grito de rebeldía ante los achaques de la senectud. Tanto en el Parque Lezama del país del fútbol, como en nuestra querida Colombia, aunque estemos jugando los últimos minutos del segundo tiempo, siempre será posible anotar un gol, y prorrogar el partido hasta los tiempos suplementarios. El triunfo (en el fútbol y en la vida) no es privilegio de los jóvenes, sino también de quienes tienen experiencia.