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“¡Dios ha muerto… 

22 de febrero de 2026

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…Y nosotros lo hemos matado!” proclamó el super filósofo alemán Friedrich Nietzche (1844 – 1900) en sus libros La gaya ciencia Así habló Zaratustra. La interpretación de tal sentencia ha producido toneladas de libros e infinidad de horas de debate. Él no pretendía dar rienda suelta a su ateísmo saliendo del sepelio; lo que buscaba era eliminar la necesidad de un dios como centro de la cultura y de la explicación del mundo; así como proclamar la obligación de toda persona en convertirse en su propio creador, en un super hombre – en el sentido de super ser humano -. 

En culturas antiguas algunos seres humanos podían hacer un ascenso y devenir en un dios. Los faraones egipcios eran considerados encarnaciones de Horus y los emperadores romanos eran declarados Divus tras su muerte (salvo Domiciano que, atragantado de autoestima, se proclamó dios en vida). Mortales más corrientes también podían ser vistos como divinidades: curanderos, chamanes o hechiceros que conectaban la medicina ancestral con el mundo espiritual  para comunicarse con los dioses y adquirir el don de la sanación. Si además eran mayores su aura divina podía verse desde más lejos. 

Hoy en día, los profesionales de la salud, en especial los médicos, siguen conservando un no sé qué redentor, una especie de hálito celestial. La sigla MD (por medical doctor en inglés) es interpretada, usualmente en broma aunque alguien lo hará en serio, como medio dios (o el mismísimo dios, para algún Domiciano descarado).  

Pero cualquier emperador, chamán o médico es “Humano demasiado humano”, tal como titula uno de sus libros el mismo Nietzche en el que afirma que las construcciones humanas están limitadas por debilidades, prejuicios y egoísmo, y propone una crítica filosófica a las verdades absolutas.  

Nuestro sistema de salud es una construcción humana ciertamente enrevesada. Una institución jerárquica y burocrática con los doctores en la cúspide y personal – asistencial y administrativo – en los estratos subyacentes. Ahí también confluyen numerosas normas, niveles de atención, regímenes, actores y otras complejidades. En este maremágnum sanitario ha hecho nido la violencia institucional. 

Esta se entiende como cualquier tipo de maltrato, omisión o atención deshumanizada o discriminatoria por razones de sexo, edad, orientación de género o de preferencia afectiva, ingresos monetarios, nacionalidad, nivel de educación, por parte del personal, de las instituciones o del mismo sistema, que dificulta o imposibilita el acceso a atención de calidad de forma que sea suficiente, digna y oportuna. 

Debido al subregistro es difícil contar con datos estadísticos confiables sobre la prevalencia de violencia institucional. En la cotidianidad no solamente suceden las quejas, denuncias o tutelas presentadas ante juzgados u oficinas de control interno. A diario, muchos pacientes se enfrentan a tratos inhumanos  en porterías, ventanillas de atención o a puerta cerrada al interior de los consultorios o los quirófanos (o en las salas de obstetricia, donde es especialmente frecuente): trato despersonalizado, en el que se ignora la diferencia, violación de la privacidad o abuso de poder por parte de algún dios babilonio furioso y vengativo… o de sus sacerdotes. 

Las personas mayores son especialmente vulnerables a sufrir este tipo de violencia, a recibir maltrato o trato inadecuado que no es solventado con las filas prioritarias. Desde considerar que la investigación, el gasto y los esfuerzos para los “viejos” es pérdida de recursos (además, son pacientes frecuentes), hasta la atención en la que el terapeuta aprovecha su posición de poder, decide por el paciente e impone procedimientos. Firmar el papel de consentimiento informado no es opcional. 

Se tiende a considerar que los mayores, por defecto, están disminuidos cognitivamente y que son incapaces de entender las indicaciones, las cuales son explicadas en primera instancia a los acompañantes, o se les dan con un pretendido trato amable que llega a ser irrespetuoso y condescendiente. Dirigirse a una persona mayor en primera persona de plural como si se tratara de un niño (“esperamos en la sala”, “nos tomamos los medicamentos”) o con la denominación de abuelo o abuela, aunque no se sepa nada de la vida y la historia familiar del paciente, son dos ejemplos de muchas microviolencias hacia los mayores. 

Quienes ejercen este tipo de violencia olvidan que no son dioses inmortales, que son tan humanos como los pacientes y que, si tienen suerte, llegarán a la vejez. Si se pusieran por un momento en la situación de una persona mayor enferma (que podría ser un familiar), pero con toda una experiencia de vida habría una gran diferencia. 

El modelo de atención médica occidental considera su saber una verdad absoluta y prioriza las decisiones, los saberes, los ideales, la comodidad física e incluso los prejuicios del doctor, del personal y de las instituciones antes que los del paciente. 

Como en muchas otras cosas, la solución ya está escrita. El simple cumplimiento de los derechos de los pacientes a recibir información, a tomar las decisiones siempre que estén en capacidad de hacerlo, tras un diálogo horizontal, claro y respetuoso, en el que se tenga en cuenta la historia, los saberes, la autonomía de manera que permita a las personas mayores, con la ayuda de los doctores, convertirse en los propios creadores de su proceso salud enfermedad.