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¡Dejémonos incomodar!

13 de febrero de 2026

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Las relaciones familiares no son fáciles. Existen conflictos religiosos, políticos e incluso de valores que son recurrentes y pueden llegar a ser muy agotadores. Se presentan juicios tajantes, todos están a la defensiva y las interacciones se vuelven casi imposibles. Puede que llegue un momento en el que nos preguntamos: “¿realmente vale la pena seguir intentando hablar con mi abuelo/a o con mi nieto/a?”. 

Sí vale la pena y la ciencia lo ha demostrado. Las relaciones intergeneracionales tienen grandes beneficios de doble vía: fortalecen nuestra salud mental, previenen el aislamiento, promueven escenarios de aprendizaje, fomentan la comprensión, la tolerancia, el reconocimiento del otro y sus diferencias, además contribuyen a tener comunidades más empáticas.  

Si no interactuamos con personas de otras generaciones no es que seamos malos miembros de la familia o de la sociedad, lo que pasa es que actualmente en las sociedades occidentales este intercambio de saberes no es una experiencia común, pues existen razones reales detrás de estos conflictos. Tú y tus hijos, tú y tus padres, tú y tus abuelos, todos nacieron en mundos muy diferentes. Con lo rápidamente cambiante que ha sido el mundo, es natural que surjan desacuerdos intergeneracionales. Vemos el mundo de maneras distintas precisamente porque crecimos en sociedades distintas. 

Sin embargo, esta situación no justifica rendirse al momento de compartir nuestras ideas ni de construir relaciones profundas y cercanas entre generaciones. No podemos olvidar que existe valor en las diferentes perspectivas. 

Puede que tengas familiares que ya son personas mayores y que no entienden tus ideas, tus valores o incluso tu identidad. Recuerda que las experiencias que ellas han vivido son extremadamente valiosas. Las personas mayores han tenido trayectorias de vida en contextos sociales, históricos y políticos que son invaluables y que no logras imaginar, es decir, su recorrido en la historia hace que sus experiencias sean muy enriquecedoras y en algunas ocasiones muy sabias. Actualmente hemos olvidado la importancia de honrar nuestras raíces y el conocimiento que en ellas reside. Así como dar espacio y honrar las historias de las personas mayores que nos rodean. 

Por otro lado, puede que tú seas una persona mayor. De la misma forma en que tu valor debe ser reconocido, también es importante reconocer el valor de las personas jóvenes. Puede ser difícil aceptar los cambios tan rápidos que surgen, pero hay valor en abrir la mente y observarlos sin juzgarlos. Vale la pena escuchar y apreciar lo que las nuevas generaciones tienen para ofrecernos. Conectarse con personas más jóvenes puede incluso aumentar, a largo plazo, la autoestima propia, la conexión emocional y la fortaleza de la mente.  

Pero entonces, ¿cómo hacemos para mantener estas relaciones y manejar los conflictos que inevitablemente surgen entre generaciones? Existen diferentes estrategias que podemos implementar en la vida cotidiana para favorecer las relaciones intergeneracionales, como muestran investigaciones:  

1. Congruencia:

Implica ser auténticos y genuinos en la forma en la que nos comunicamos. Cuando lo que decimos, sentimos y expresamos con nuestro lenguaje corporal coincide, la relación se vuelve más clara y segura. Por el contrario, cuando hay incongruencia (decimos una cosa, pero transmitimos otra con el tono o las actitudes) se genera incertidumbre, defensividad y, muchas veces, conflicto. 

2. Empatía:

Entendida como un esfuerzo real por comprender el mundo interno del otro: cómo piensa, qué siente y desde dónde habla. La empatía permite que las diferencias generacionales no las veamos como ataques, sino como experiencias distintas que pueden ser entendidas y valoradas.  

3. Calidez:

Se refleja en un interés genuino y una actitud no hostil hacia el otro. Esta calidez puede expresarse más en gestos que en palabras: un tono de voz gentil, una postura abierta o una sonrisa.  

4. Aceptación: 

Juega un rol fundamental. Aceptar al otro implica reconocerlo y valorarlo tal como es, sin intentar cambiarlo ni clasificarlo como “bueno” o “malo”, según nuestras expectativas. Cuando la aceptación es condicional, la relación se vuelve tensa y frágil. En cambio, cuando es incondicional, se crea un espacio de confianza donde ambas generaciones pueden mostrarse con mayor libertad.  

5. Autonomía

Se refiere a respetar que cada persona, sin importar su edad, tiene su propia forma de pensar, decidir y vivir. En el contexto familiar, fomentar la autonomía significa permitir que cada generación pueda expresarse, tomar decisiones y construir su camino sin control excesivo ni imposiciones constantes. Podemos dar recomendaciones, pero suele ser mejor esperar a que el otro las pida. Esto no significa que no nos importe, sino que reconocemos al otro como alguien capaz y válido en sus decisiones. 

6. Prestar mucha atención a nuestra forma de comunicarnos:

Usar un lenguaje amable, con un mensaje directo y claro. Por ejemplo, en el caso de hablar puede ser útil evitar usar términos despectivos, en los que se crea que la otra persona es incapaz, que juzga, o usar un lenguaje infantilizado.  

En conclusión, relacionarnos con amigos o familiares de generaciones diferentes puede ser muy complejo. Puede incluso sentirse como hablar con alguien de otro país o incluso de otro planeta. Nacimos en momentos diferentes de la historia y se siente. Pero perdernos de vínculos valiosos donde podemos aprender y expandir nuestro mundo vale la pena. ¡Dejémonos incomodar! Hagamos el esfuerzo.  

Por: Martina Díaz Granados Córdoba y María José Pérez Vélez