Invitados

Contra la materia oscura

20 de enero de 2026

Compartir este contenido

Uno de mis sueños no cumplidos era haber conocido a Carl Sagan (EE. UU. 1934 – 1996), el astrónomo, astrofísico y escritor que con sus monumentales libro y serie Cosmos se convirtió en un exitoso profeta en su lucha por difundir la historia, las maravillas y las verdades de la ciencia, en contraposición de las falacias de la especulación, el fanatismo y las pseudociencias. Un precursor de los divulgadores científicos. Gracias a él conectamos nuestras vidas con la del universo, aprendimos que “somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas…”, tenemos en el paisaje los cuásares, las enanas blancas, la materia oscura…; hemos interiorizado el famoso término Big bang, acuñado por el también astrofísico Fred Hoyle, y sabemos que desde ese instante primigenio de génesis cósmica se desató un infinito ciclo de consumo e intercambio de energía.

En el universo absolutamente todo requiere energía. Los electrones para orbitar el núcleo de los átomos, las rocas para formarse, las plantas para florecer y dar frutos, los animales para nadar, correr o volar, las máquinas, las industrias, los aviones, los trencitos de juguete… los seres humanos para pensar, respirar, trabajar o luchar; para todas esas cosas sublimes u horribles que sabemos hacer.  La energía es la existencia misma.

Sin embargo, cuando una persona consume más energía de la que usa o de la que necesita, en forma de carbohidratos  (tubérculos, cereales, frutas, dulces, bebidas azucaradas y toda una gama de alimentos ahítos de almidón o de glucosa, -con sus átomos de carbono, de hidrógeno y de oxígeno que se formaron al interior de las estrellas-), ese combustible se aglomera en la sangre. Cuando es una situación permanente el diagnóstico es, cuando menos, preocupante: ¡diabetes!

El acúmulo constante de azúcar en las venas convierte la hemoglobina, la albúmina y otras proteínas en una melcocha inútil, en basura orgánica, en pegotes de una suerte de materia oscura que circulan por el cuerpo y producen lentamente catastróficos daños en el organismo: taponan y dañan capilares, vasos, nervios y órganos, producen una gran cantidad de patologías graves como ceguera, úlceras, infartos, falla renal o cardiaca, disminución de la respuesta inmune y más.

La situación se empeora con la edad, con el paso de años en los que esas afecciones van avanzando silenciosamente. La diabetes, por lo general, se diagnostica en personas mayores, en quienes, además, puede ir acompañada de comorbilidades crónicas, del consecuente consumo de fármacos que pueden dificultar el control de la glucosa y de los normales cambios fisiológicos del envejecimiento, como una menor masa muscular.

La diabetes es una enfermedad metabólica asociada al consumo y, por tanto, al estilo de vida. El modelo hegemónico empuja a consumir cuanto más se pueda de todo tipo de cosas: productos de belleza, tecnología, series de televisión, redes sociales, al tiempo que estimula el sedentarismo y propicia dietas fáciles y rápidas desarrolladas por pseudocientíficos, pero anodinas, vacías de nutrientes y saturadas de emulsionantes, colorantes, edulcorantes, conservantes y saborizantes que hacen a esas “cosas para comer” (que no alimentos) hiperpalatables, es decir, muy sabrosas y adictivas para estimular las ansias de comer más, de consumir más.

Fuerzas siderales promueven esas formas de consumo. Poderosos satélites, vestidos en traje ejecutivo, gravitan alrededor de los legisladores para evitar que eso cambie, que se promueva la educación, la prevención, el ejercicio y la alimentación sana. La Ley de comida chatarra (ley 2120 de 2021)  que, entre otras cosas, obliga a productores de cosas de comer a poner sellos que adviertan de los altos contenidos de calorías, sales, azúcares o grasas saturadas, debió superar dilaciones y artimañas de enemigos poderosos que siguen acechando. En otros países, como en México con la Ley de alimentos saludables en los colegios, los promotores de la salud también han tenido que enfrentar los obstáculos interpuestos por  industrias millonarias con amparo legal.

Sin embargo, los ciudadanos también tenemos responsabilidad en la prevención. Algunos tipos de diabetes no están bajo el control de las personas que la padecen, aproximadamente el 10% de los casos, y no se pueden prevenir pues son el resultado del azar genético, del ataque fortuito de un microorganismo o del efecto secundario de un medicamento.  

Por suerte, para prevenir el 90% de los casos restante no hay que ser divulgador científico, no es necesario saber la fórmula de la glucosa ni cómo se degrada durante el ciclo de Kreps (cuyo aprendizaje fue una verdadera pesadilla para los que tuvimos que estudiarlo), ni el papel del acetil-CoA, el origen y las funciones de las mitocondrias ni mucho menos, y para evitar suspicacias, dominar el glucagón.

Simplemente se requiere manejar las elementales operaciones aritméticas. Se trata de un asunto de sumar y restar, de sumar la ingesta y restarle el gasto calórico (o de restar comida y sumar ejercicio) procurando que el resultado sea cero, o negativo en caso de querer o necesitar bajar los niveles de glucosa en la sangre (y quizás también de paso obtener beneficios como bajar de peso, prevenir el cáncer, ralentizar el envejecimiento…).

En este entramado de consumo y gasto de energía también tiene cabida la ley de la relatividad. Necesitamos la energía, no podemos sacarla de la ecuación y descartar su consumo, pero debe ser relativo con los requerimientos individuales de nuestro estilo de vida, con la cantidad de actividad física y mental que desarrollemos y teniendo presente que los más ricos edulcorantes de la vida están en otra parte: en saborear un buen libro, pasear por un parque, ayudar a un extraño o en los ratos dulces que brinda pasar una tarde soleada en buena compañía.