BOG25, la invitación a mirar distinto a Bogotá que han aceptado miles de personas

16 de octubre de 2025
Grupo de personas en bienal, donde se realizan exposiciones de arte contemporáneo, , transformando la ciudad en un espacio museístico al aire libre. performances, talleres, charlas y instalaciones.

Foto: Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte

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Largas filas de amigos y familiares esperando entrar al Palacio de San Francisco. Jóvenes y mayores mirando con detenimiento el monolito gigante con vistosos besos rojos, bautizado por el artista Iván Argote ‘Dándole peso a unos besos’ y parejas tomándose fotografías con el fondo de 150.000 flores de colores son parte de las bellas postales que ha dado la Bienal Internacional de Arte y Ciudad de Bogotá, BOG25.

“BOG25 ha sido una invitación masiva a mirar distinto. Nunca antes en la historia de esta ciudad se habían movilizado tantos bogotanos y visitantes para disfrutar un evento de arte público, como ha sucedido con esta bienal. Estamos acostumbrados a la respuesta masiva del público a los eventos musicales al parque, y aún recordamos emocionados el impacto que tuvo en su momento el Festival Iberoamericano de Teatro, creado por la maestra Fanny Mikey, pero nunca habíamos visto una movilización tan grande generada por las artes plásticas”, cuenta con orgullo el secretario de Cultura de Bogotá, Santiago Trujillo.

Santiago Trujillo, secretario de Cultura de Bogotá, durante la inauguración de la Bienal
Santiago Trujillo, secretario de Cultura de Bogotá, durante la inauguración de la Bienal | Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte

Desde el 20 de septiembre y hasta el 3 noviembre, la capital del país es un gran escenario donde el arte está presto a conversar con diferentes públicos. Un verdadero regalo para tener encuentros intergeneracionales y dialogar sobre diferentes temáticas que proponen las obras y los espacios en más de 25 sedes distribuidas en distintas localidades de la ciudad, como si fuera un inmenso museo.

Desde el 20 de septiembre y hasta el 3 noviembre, la capital del país es un gran escenario donde el arte está presto a conversar con diferentes públicos. Un verdadero regalo para tener encuentros intergeneracionales y dialogar sobre diferentes temáticas que proponen las obras y los espacios en más de 25 sedes distribuidas en distintas localidades de la ciudad, como si fuera un inmenso museo.

En sus tres primeras semanas, la BOG25 ha recibido a más de 350 mil personas y realizado más de 31 actividades de mediación con estudiantes de colegios y universidades y público en general (visitas guiadas, talleres, conversatorios, laboratorios y activaciones). “Pero más allá de las cifras, BOG25 es un cambio de ritmo en la ciudad: más tiempo para detenerse, más espacio para el asombro, más pausas en medio del ritmo agitado. La Bienal ha sido, en muchos sentidos, un acto de descompresión urbana”, explica Trujillo.

Precisamente, por todo esto y más, el artista de pinturas y grabados Alonso Jiménez, lector de BienVividos y +, propuso que la BOG25 estuviera en el contenido de esta plataforma. El Secretario de Cultura de Bogotá explica en esta entrevista cómo la Bienal propone mirar a Bogotá sin prisas y hablar de la manera en que se experimenta la felicidad.

“Por otra parte, BOG25 nace también del deseo de imaginar una ciudad a futuro desde la perspectiva de nuestros niños y jóvenes, y también desde el sentir de nuestros adultos mayores. Una Bogotá más centrada en el cuidado, el arte, los vínculos. Una ciudad que se piense, sí, pero sobre todo una ciudad que se sienta.

“En diálogo con iniciativas como EstarBien Bogotá, que promueve la salud mental desde el arte y la sensibilidad, esta Bienal propone entender el bienestar no como un lujo, sino como un derecho. Y lo hace desde la creación, desde el gesto artístico que nos devuelve humanidad”, sostiene.

¿Por qué la BOG25 decidió invitar a reflexionar sobre el vínculo entre la ciudad y la búsqueda de bienestar, además con un título tan bello como: Ensayos sobre la felicidad?

Porque convivir en una ciudad tan grande y tan compleja como Bogotá no se reduce solamente a compartir un territorio, sino que implica una conversación, unos afectos que muchas veces se diluyen en los problemas del día a día, problemas complejos que nos hacen difícil mirar a Bogotá desde otro ángulo, con ojos más desenfadados, sin la prisa habitual que nos impide observar detenidamente, sin darnos la oportunidad de recordar porqué nos sentimos orgullosos de ella, de su diversidad, de sus Cerros Orientales, de esa generosidad que la hace la casa de tantas personas que llegan en busca de oportunidades.

Poder disfrutar el arte en el espacio público y en más de 25 sedes como lo ha permitido esta Bienal, es proponerle a las y los bogotanos una nueva conversación con su ciudad, es desestresar el alma, reconectarnos para hablar de cómo experimentamos la felicidad en sus distintas dimensiones, no como un eslogan vacío y superficial, sino como un ensayo constante, como una realidad compleja y llena de capas, una suerte de cartografía del bienestar que define nuestros vínculos con Bogotá.

El eje curatorial de Ensayos sobre la felicidad es una declaración de principios. No damos respuestas absolutas, proponemos ensayos: pruebas sensibles, colectivas, en el espacio público, sobre cómo vivir mejor. Queremos una ciudad donde el arte no sea ornamento, sino lenguaje común para tramitar la vida. Una ciudad más respirable. Más amable. Más viva.

¿Qué significa mirar a Bogotá como una obra en sí misma?

Significa entender que Bogotá no es solo un lugar que se habita, sino una experiencia que se construye con la mirada. Una ciudad también es un relato, una forma de contarnos.

Y hoy queremos contarnos distinto. Mirarla como obra es detenernos a ver los detalles:

los trazos de su historia, la memoria de sus ríos indígenas, los ritmos del mercado, los silencios de sus parques, las aspiraciones de quienes la ven como la ciudad de lo posible. Pero también es admitir sus contradicciones, sus heridas, sus capas superpuestas. La obra de Leandro Erlich, rebautizada por el propio artista como “La casa en aire”, es una escenificación demoledora del costo de los desarraigos a los que se ven obligados muchos de quienes aspiran a una vivienda propia en la capital del país como sinónimo de progreso y de avance; pero también puede leerse como una metáfora de naturaleza y orden natural a partir de lo efímero, aquello que creemos seguro, pero podemos perder en cualquier momento. Asimismo, las obras de Héctor Zamora, Rejane Cantoni, al igual que la activación ‘El canto del río’, que coloreó con más de 150.000 flores el Eje Ambiental, por citar ejemplos, traen a la superficie la memoria del río Vicachá, bautizado por los muiscas en tiempos prehispánicos; nos llaman a desarmar los ánimos en una ciudad y un país cada vez más polarizado; y nos invitan a cambiar la mirada, a ver la ciudad como un texto en borrador, donde cada intervención artística reescribe un fragmento. Al hacerlo, cambia también la forma en que nos relacionamos con ella. La ciudad como obra nos permite reconciliarnos con el espacio. Pasar del uso al afecto. Del paso rápido al andar consciente. Y en ese gesto, aparece algo inesperado: el arte como forma de bienestar urbano.

¿Cómo surgió la idea de la Bienal? ¿Qué implicaciones tuvo materializarla? ¿En qué otras ciudades del mundo se realizan actividades similares?

La Bienal surge de una conversación entre ciudad, arte y política pública. Del compromiso del alcalde Carlos Fernando Galán, quien la incorporó a su Plan de Gobierno como un evento de ciudad, que nos pone en el radar de los grandes eventos culturales a nivel internacional.  De entender que necesitamos nuevos lenguajes para pensar el futuro urbano. Y de una certeza: el arte tiene una potencia transformadora que las políticas públicas deben incorporar. La idea de BOG25 fue madurando entre instituciones, artistas, colectivos y ciudadanía. No fue una imposición, sino una invitación amplia a crear desde lo común. Materializarla implicó abrir la ciudad como escenario, y asumir la complejidad de curar una experiencia estética en medio del tránsito, el ruido, la rutina. Pero ese fue justamente el desafío: llevar el arte a donde está la vida, ponerla en diálogo con la escenografía urbana que nos resulta familiar en nuestro día a día. Otras ciudades del mundo como São Paulo, Venecia, Sídney, Dakar, Estambul o Liverpool también han hecho de la Bienal una herramienta de transformación urbana. En Bogotá quisimos ir más allá de una simple exposición de gran escala: quisimos ensayar una forma de convivencia, un modo de estar juntos desde la creación.

A una persona que viene a la capital para estar en la Bienal, ¿qué recomendaciones hacerle con el fin de que aproveche en poco tiempo la cantidad de obras que se pueden apreciar?

Depende del tiempo que tenga, pero le recomendaría no concentrarse solamente en el Palacio de San Francisco, sino disfrutar muchas otras sedes de la Bienal, por ejemplo, las obras de Vanessa Sandoval y Leonel Álvarez, en el Parque de los Novios; la muestra abierta en el Archivo de Bogotá; visitar las exposiciones con curadurías independientes en el Centro Colombo Americano y la Alianza Francesa; y la impactante muestra de Arte Popular en el Claustro San Agustín, entre otras.

Más que una ruta específica, la Bienal propone una disposición: caminar con el ánimo abierto. También diría que requiere tiempo para demorarse: para escuchar, para hablar con los mediadores, para mirar sin prisa. El arte urbano no siempre grita: a veces susurra. Bogotá tiene muchas capas. La Bienal propone recorrerlas con otro lente, con otra velocidad. Y en ese gesto, reencontrarse con otra cara de la ciudad.

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