Esta frase surgió en 2018 en la ciudad de Concepción, dentro del movimiento feminista chileno. A pesar de que inicialmente se originó por una falsa acusación, inventada por un hombre en venganza contra otro, la expresión se usa para dar apoyo y, sobre todo, credibilidad a las mujeres que denuncian acoso o abuso sexual.
Las mujeres siempre han tenido que buscar estrategias para que se les crea. Escritoras como las hermanas Brontë y Louisa May Alcott; científicas como Sophie Germain y Margaret Ann Bulkley o arquitectas como Aino Aalto y Lilly Reich se vieron obligadas a cambiar su nombre a una versión masculina para que no se dudara de sus obras o de sus conocimientos. Por el sesgo de género hasta Marge Simpson, cuando incursionó en el oficio de la ebanistería, debió usar el nombre de Homero para que la contrataran, porque a ellos, aún a los más tontos, no se les cuestiona.
También existe sesgo de género en medicina, que sucede cuando los servicios de salud se brindan de forma inadecuada, bien sea por aplicar a los dos sexos un trato desigual ante una misma necesidad terapéutica o, al contrario, de forma similar aún frente a las diferencias biológicas que existen entre hombres y mujeres. Ellas, con más frecuencia que los hombres, son las afectadas.
Por su visión androcéntrica (filial del ubicuo machismo), la medicina y otras disciplinas han tomado al cuerpo masculino como el patrón para diseñar edificaciones, máquinas, tratamientos y casi todo. Ni el hombre de Vitrubio, de Da Vinci, ni el modulor, de Le Corbusier, cánones de proporciones que se utilizan para hacer diseños arquitectónicos, tienen nada de femeninos.
Desde sus orígenes, la investigación y la experimentación en salud han utilizado al varón como modelo de estudio, asumiendo que es un estándar neutro y que las diferencias anatómicas, genéticas y hormonales con el otro sexo no son relevantes. Las mujeres (y hasta las hembras animales) han sido prácticamente excluidas, con el endeble argumento de que sus ciclos menstruales alteran los resultados. Los estudios de males que afectan solo a las mujeres, como la endometriosis, reciben poca atención y baja financiación.
La “inestable emocionalidad” de las féminas ha alejado a los investigadores y alimentado la desidia médica que cuestiona la validez y veracidad objetiva de los síntomas de las pacientes. Esto se conoce como gaslighting médico. Ese término proviene de la obra de teatro Gas light (Patrick Hamilton, 1938), en la que el protagonista altera las lámparas de gas de su casa para convencer a su esposa de que su memoria y sus percepciones están equivocadas (y hacerla perder el juicio).
Frente a síntomas raros, ambiguos, atípicos, distintos a los que describen los tratados de patología, los sistemas de salud no se molestan en buscar causas orgánicas y las catalogan de “gadejo” o de estrés o las mandan al apartado de problemas psicológicos: ansiedad, exageración, histrionismo (del latín histrionis, actor, por verlos solo como dramatismo) o histeria.
Es larga la “historia de la histeria”. Se solía atribuir exclusivamente a las mujeres dado que hystera es útero en griego. En la edad media se la asoció a la abstinencia sexual, al éxtasis religioso y a la posesión demoniaca, aunque nada supera la hilarante versión de los médicos hipocráticos que la explicaban como el resultado de un útero errante que se desprende y se mueve por el cuerpo, choca con los demás órganos y causa ahogos, convulsiones y locura. En épocas más modernas la consideraban un exceso emocional. Hoy, además de que ya no es un diagnóstico médico, a partir de Freud se reconoce que los hombres también pueden padecer las diferentes crisis emocionales y los trastornos que anteriormente se tildaban de histeria.
Ni los textos ni los galenos diferencian todavía las manifestaciones particulares de algunas enfermedades en los cuerpos femeninos, porque los síntomas, los valores de laboratorio, la historia natural de las enfermedades en los hombres han sido establecidos como una línea base rígida, inequívoca e incuestionable. Así, para ellas el diagnóstico de algunas patologías llega demorado o equivocado y los tratamientos terminan siendo inoportunos e inadecuados, lo que pone en riesgo sus vidas. Para las mujeres mayores es más grave, pues pueden acumular más episodios de gaslighting médico, diagnósticos errados y tratamientos ineficaces a lo largo de su vida.
Para que eso cambie se necesita investigación inclusiva y formación médica con perspectiva de género, en las que se aumente la presencia femenina. Por su parte, desde jóvenes las mujeres tienen estrategias: no quedarse calladas, informarse en fuentes confiables de las manifestaciones de sus patologías, exigir una segunda opinión si sienten que son minimizadas o no tomadas en serio, no conformarse con la respuesta de “es algo emocional” y pedir explicaciones claras de los criterios por los que no se les hacen pruebas o tratamientos.
Se comenzó a hablar de sesgo de género en medicina tras un estudio que descubrió que había una diferencia importante en la cantidad de angiografías coronarias realizadas en hombres y en mujeres: se encontró que al llegar al hospital con dolor en el pecho a ellos se les realizaba directamente dicho examen y a ellas se les recetaban analgésicos o ansiolíticos.
En 2024 un caso así conmovió a Italia. La naciente estrella de teatro, Francesca Carocci, de 28 años de edad, asistió a un servicio de urgencias por un fuerte dolor en el pecho. El hospital realizó los exámenes requeridos (electrocardiograma y niveles de troponina), con resultados “dudosos”, se le diagnosticó ansiedad y fue enviada a su casa con una receta de analgésicos en el bolsillo. A los tres días falleció en el mismo servicio, al que regresó ya en paro cardiaco. A lo mejor sus terapeutas consideran que hicieron “lo correcto” según sus conocimientos, pero evidentemente algo falló. Es posible que todavía estuviera actuando en los teatros romanos si alguien, hombre o mujer, la hubiera retenido en el hospital, le hubiera dedicado un rato más y, mediante la atención adecuada, le hubiera dicho: amiga, yo te creo.



