Yiamas, en griego; kanpai, en Japonés; maisha marefu, en suajili; sláinte, en gaélico; prost, en alemán; be salamati, en farsi; santé, en francés; salute, en Italiano; salud, en español… A ningún idioma le faltan palabras para expresar deseos de felicidad, larga vida y salud cuando se está entre amigos que comparten alimentos y anécdotas, ríen y alzan las copas con alguna bebida espirituosa; o no espirituosa en las culturas que no consumen alcohol, pero que de todas formas brindan.
El origen de decir ¡salud! al chocar las copas está relacionado, irónicamente, con el riesgo de perderla de forma fulminante. Durante la época de griegos y romanos antiguos (como en la de los espías contemporáneos), eran frecuentes las muertes por envenenamiento. Cuando alguien era invitado a casa de un “amigo” de esos que originaron lo de que con esos amigos para qué enemigos solía derramar un chorrito de su copa en la de su anfitrión por si acaso y para asegurarse una vida al menos un poco más larga al tiempo que le deseaba, por propia conveniencia, que tuviera salud. Una muestra de confianza plena y de amistad verdadera era solo chocar las copas, sin pasar líquido de la una a la otra.
Es una realidad, la salud y la calidad de vida están en buena medida en manos de los amigos, los cuates, los panas, los mismísimos compadres (o las comadres, desde luego), de manera que es natural e inteligente aprovechar cuanta oportunidad da la vida para disfrutar tanto del solaz como de lo profiláctico de los ratos de confraternidad, todo un elixir tonificante y reconstituyente.
Por ser los humanos animales gregarios, estar en manada produce bienestar. Al disfrutar del contacto físico con la familia que escogemos se estimula la producción de endorfinas (un tipo de opioide natural) y de dopaminas, dos neurotransmisores que hacen sentir euforia, motivación y relajación, mejoran el estado de ánimo, hacen que se disminuya la percepción del dolor físico, pues bloquean el paso a las señales que lo transmiten y adormecen los dolores del alma.
Saber y sentir que no se está solo en este incierto mundo otorga protección, disuelve la incertidumbre, contrarresta los temores, fortalece el sistema inmunitario. Contar con lazos sociales firmes hace que bajen los niveles de cortisol (denominada la hormona del estrés) y al bajar el estrés se incrementa la eficiencia de las defensas y se neutraliza la muy perjudicial inflamación crónica que causan la tensión cotidiana y las substancias nocivas presentes en muchos de los productos de comer, usar o untarse.
Frecuentar a los camaradas es un estimulante natural que ayuda a mantener la movilidad física y mental. Desplazarse para ir a su encuentro, hacer caminatas o paseos juntos o preparar lo necesario para recibirlos en casa pone los músculos en acción, fumiga la pereza, espanta el sedentarismo y sus innumerables consecuencias. Conversar de la coyuntura nacional o planetaria (y lamentarse de ella, por supuesto), rememorar aventuras comunes, confrontar versiones o jugar algo con los compas son actividades que protegen el intelecto, estimulan la memoria, nutren la curiosidad y la imaginación, propician la risa (remedio infalible), dan felicidad.
Hacer parte de un grupo (real, no de los falaces virtuales) da sentido de pertenencia a la vez que sirve de apoyo mental y emocional. Los amigos proporcionan un espacio seguro en el que sentirse querido y en donde se pueden compartir vivencias, temores, logros, planes y hasta chistes malos, sin ningún temor (y muchas veces sin la más mínima vergüenza). Pertenecer a la lista de los mismos de siempre proporciona un rol y un propósito, consiente la autoestima, reduce el riesgo de depresión, espanta la tristeza y, al anular el aislamiento, ayuda a prevenir el deterioro cognitivo e incluso el suicidio. En fin, se aumenta la esperanza de una vida larga y de calidad.
En todas las etapas de la vida los amigos cumplen funciones importantes, con variaciones dependiendo del momento vital, pero siempre relacionadas con la salud física y mental. Para una persona mayor tener amigos se convierte en una cuestión de subsistencia porque el riesgo de soledad es alto: los padres son aún “más mayores” o ya desaparecieron; los hijos, cuando los hubo, hacen su propia vida (como es deseable); la pareja, cuando la hubo, puede que ya se haya ido o haya fallecido.
Es normal que a medida que se envejece se vaya reduciendo el círculo de amigos, porque nos volvemos más selectivos, porque hay menos espacios para la socialización, porque la vida es cambiante, porque aparecen determinadas condiciones de salud, porque todos hemos de morir algún día. Lo ideal sería que el grupo de amigos fuera intergeneracional, pero la dinámica propia de cada edad hace difícil que alguien de 70 u 80 años sostenga una amistad con un “muchacho” de 50 o un “niño” de 40. Uno de los reclamos más grandes que suele traer una larga vida es tener más amigos en el panteón que en el vecindario, y alguno tiene que ser el último.
El filósofo, sociólogo y político francés Edgar Morin (1921 – 2026) murió poco antes de cumplir 105 años. Solo cinco meses previos a su deceso concedió su última entrevista en la que mostró evidencias de lucidez y de conservar intacto su intelecto. Más de 100 años de vida activa e independiente en la que recibió todos los honores posibles para su ocupación; una centuria en la que fue testigo de todo lo imaginable, y de lo inimaginable, recogida en su delicioso libro Lecciones de un siglo de vida.
Morin declaraba: “Mi receta de la longevidad creo que es más la curiosidad, la amistad y el amor [romántico, familiar o fraternal] que la dieta mediterránea”, -con la que se nutrió toda su vida-. En una entrevista concedida al diario italiano Corriere della Sera decía algo que hoy en día está vigente para todos y en todos los rincones del planeta: “Para resistir a la barbarie del mundo tenemos anticuerpos: la amistad, la solidaridad, el amor, las obras maestras de la literatura, la música, la pintura, el cine…”. Así es.



