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La ley del menor esfuerzo

17 de junio de 2026

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La enfermedad ha estado siempre presente en la vida humana, y en la de todos los organismos vivos, aunque las patologías cambian, aparecen o desaparecen, según la época. La paleopatología, la epidemiología histórica y la medicina evolucionista nos dicen de qué se incapacitaban los humanos en épocas prehistóricas. Un grandísimo y determinante cambio en la salud de las poblaciones se dio con la revolución del neolítico.

A diferencia de un animal como el perezoso, por ejemplo, que evolucionó adaptado a casi la inmovilidad permanente, los humanos lo hicimos para ser activos físicamente: durante todo el paleolítico, nada menos que el 99% de la historia humana (desde hace 2.5 millones de años hasta hace unos 12.000), fuimos nómadas; nos la pasábamos errabundos de acá para allá, corríamos para alcanzar las sabrosas presas, o para que no nos alcanzaran; sacábamos bíceps fabricando, a punta de golpes, pétreas herramientas rudimentarias y aprendimos a prender el fogón, aunque comíamos más bien poco, por eso nuestro organismo aprendió a reservar al máximo las calorías. Los mayores peligros para la salud eran los accidentes, las infecciones tras una fractura y los ataques de animales o de cavernícolas trogloditas, si se me permite la redundancia.

El posterior desarrollo de la agricultura y de la ganadería marcó el paso al neolítico, era en la que nos volvimos sedentarios. Al empezar a “parchar” estacionados en un solo sitio, cambiamos nuestras condiciones de vida en cuanto a higiene, hacinamiento, disposición de residuos, tipos de trabajo, contacto con animales domésticos o con otros grupos, pero en especial, al medrar, empezamos a tener más disponibilidad de alimentos y menos necesidad de movernos… ¡y hasta el sol de hoy! Entonces surgieron enfermedades nuevas y complicaciones de las que ya existían.

El sedentarismo es un antecedente recurrente y sumatorio con otros factores en las enfermedades no transmisibles (diabetes, osteoporosis, hipertensión, síndromes metabólicos, cáncer, enfermedades cardiacas y cerebrovasculares, depresión, ansiedad, demencia…) y es la principal causa de las muertes prevenibles. Permanecer sentados por más de 6 horas al día aumenta en un 5% la mortalidad por todas las patologías y se equipara a fumar un paquete de cigarrillos diario.

El 1% de nuestra historia, desde el inicio del neolítico hasta esta mañana, no ha sido tiempo suficiente para que el organismo humano haya podido adaptar su fisiología a estar quieto varias horas, sin pausas, frente a una pantalla o a un libro, al cuerpo le da igual (si bien no a la mente).

Estar sedentes en exceso trae consecuencias nefastas porque produce rápidamente una cascada de cambios fisiológicos que son todo lo contrario de lo que sucede cuando movemos el esqueleto: la mayoría de los músculos se relajan, la actividad eléctrica de los músculos de las piernas (la mitad del cuerpo) se detiene, la quema de calorías baja a una tasa de solo una por minuto; la producción de lipasas, enzimas que degradan los triglicéridos y otro lípidos, disminuye en un 90%, con lo que esos tipos de grasa comienzan a depositarse en distintas partes: debajo de la piel, entre las vísceras, en los vasos sanguíneos.  

Cuando esa es una situación cotidiana y permanente los músculos se atrofian, los huesos se descalcifican, la función cardiovascular desciende, disminuye el uso de grasa como fuente de energía, aparece resistencia a la insulina, la presión arterial va para arriba… en fin, toda una larga lista de alteraciones que nos van pudriendo, que generan enfermedad en una persona sana y empeoran la situación en quien ya padece una, cualquiera que sea.

Para una persona mayor estos desórdenes se potencian porque se suman a condiciones asociadas con la edad, como la pérdida de la masa muscular (sarcopenia), la osteoporosis, la hipertensión arterial o la diabetes.

Ninguno de esos efectos trae síntomas ni produce dolor, o al menos piquiña, a pesar de lo nocivos que son. Como un invasor ninja, se van instalando de forma silenciosa con la ayuda de diversos cómplices infiltrados: la obligación laboral o la pereza ancestral, la desinformación o la desidia, la comodidad o, en últimas, la ley del menor esfuerzo, connatural con alias homo sapiens.

Siempre que estamos frente a una gama de opciones para alcanzar un objetivo, las personas, tal como hace la mismísima madre naturaleza, elegimos la vía más fácil, la que conlleva menos gasto de energía. A partir de la revolución industrial, el sedentarismo ha ido en ascenso. La automatización de trabajos y de actividades domésticas ha llegado al culmen con los controles remotos y, peor aún, con los asistentes de voz, miel sobre hojuelas para los humanos facilistas, si de nuevo se me permite la redundancia.  

El sedentarismo es más prevalente en países y en personas de altos ingresos, más adeptos a la tecnología y con mayor posibilidad de acceder a ella, además de que suelen tener mayor presencia en los trabajos del sector terciario de la economía, que son de suyo de escritorio, bien sea en la oficina o en la casa. En comunidades agrícolas el nivel de sedentarismo, que también lo hay, es menos frecuente y de “menor intensidad”.

Por fortuna, moverse, mantenerse activo, evadir el sedentarismo no es prerrogativa de ninguna edad, condición física o de salud ni depende de determinado nivel de ingresos. Siempre es posible parar un momento el trabajo de oficina, pausar el capítulo de la apasionante serie, dejar un marcador en la página del libro y luchar contra la ley de la gravedad, ponerse de pie, hacer unas sentadillas o algo de estiramiento, descansar la vista, respirar conscientemente y beber un vaso de agua.

En su camino desde las altas cumbres hasta el mar, cada gota de agua recorre montañas y valles buscando siempre el camino más fácil y eficiente. El curso natural de un río evade obstáculos y busca atajos, podría decirse que aplica la ley del menor esfuerzo, pero se mantiene siempre en movimiento porque, como dice un refrán chino, agua que no se mueve se pudre.