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A propósito de los propósitos

31 de marzo de 2026

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La escena era siempre igual: el consultante se purificaba en la fuente Castalia, pasaba a sacrificar un animal al dios Apolo y de allí a la caja a cubrir una módica cuota. Ahí sí se podía comenzar la consulta. La Pitia, sentada en la sofocante penumbra de una cámara subterránea del templo de Delfos, masticaba hojas de laurel, respiraba los vapores de la tierra y pronunciaba sus predicciones ambiguas y contradictorias que eran interpretadas por los sacerdotes. Solo después de todo ese tinglado, de dudosa efectividad, los antiguos griegos se atrevían a tomar decisiones: iniciar una guerra, un matrimonio o un viaje.

El de Delfos no era el único oráculo, había otros, como el de Epidauro o el de Cumas; y los griegos no eran los únicos que buscaban auxilio en la adivinación para anticiparse a las veleidades del futuro. En todos los tiempos se ha querido escudriñar las entrañas del porvenir. Los babilonios dividían el cielo en doce partes iguales, vinculadas a las constelaciones, para interpretar la voluntad de las ánimas y de los dioses (e inventarse los horóscopos). Los egipcios usaban el tarot y los augures romanos leían señales en el vuelo de las aves.

Tomar decisiones de vida, redireccionar la existencia, poner en marcha un plan siempre han sido  motivos de incertidumbre, pero no es necesaria ninguna técnica adivinatoria, ni la debatible IA, para saber cuáles serán los muchos beneficios que tiene para la salud de las personas mayores emprender nuevos propósitos.

Comenzar los días con un objetivo en mente, en lugar de dejar al devenir el paso de días monótonos y eternos, mejora la salud física, estimula las funciones cognitivas, incrementa la autoestima y promueve la socialización. Tener una meta a la vista es un efectivo vade retro a las ánimas de la enfermedad, la depresión y la soledad.

Sin una razón concreta y agradable para levantarnos cada mañana es fácil sucumbir a querer dar media vuelta para dormir “otro ratico”. El emprendimiento de un proyecto se convierte en una mano amiga que nos quita las cobijas, nos empuja fuera de la cama y nos obliga de una forma u otra a la actividad física, a movernos, y nos aleja de padecer una vejez plomiza anquilosada en un sillón.

Diseñar un nuevo proyecto, sea con papel y lápiz, en el computador o solo en la cabeza, pone en acción habilidades cognitivas. La planeación de actividades, la prospectiva de posibles escenarios y la evaluación de resultados son actividades intelectuales que pueden requerir nuevos aprendizajes (¡loro viejo sí aprende a hablar!), estimulan la creatividad, preservan la plasticidad cerebral, mantienen tanto la memoria como el razonamiento activos y le dan candela al deterioro cognitivo.

No solo se benefician las carnes y el seso, también lo hace la salud emocional. El que una persona mayor se vea capaz de emprender una aventura le da confianza y optimismo. Reconocerse como alguien útil y necesario mejora la autoestima. Tener un propósito vital se pelea con la ansiedad que causa el paso inútil de los días (¡y le gana!) y disminuye el peligro de caer en la depresión, un problema de salud pública en poblaciones de 60 años para arriba, más frecuente en mujeres y ampliamente subdiagnosticado.

Para la socialización también hay ventajas. Por lo general, los nuevos proyectos obligan a buscar interacción con otras personas al consultar a un funcionario, conversar con un experto,  hablar con el señorito del banco o restablecer el contacto con antiguos conocidos; formas ideales para combatir la soledad obligada en la que viven muchas personas mayores.

El aislamiento y la soledad no deseada ponen en riesgo la salud física y mental a cualquier edad, pero es más grave en los mayores. Se ha demostrado que cuando esas situaciones son de largo aliento aumenta la posibilidad de sufrir depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y muerte prematura por enfermedades evitables: problemas cardiovasculares, hipertensión arterial, bajas del sistema inmunológico… Algunos estudios equiparan la soledad obligada a fumar quince cigarrillos diarios.

La existencia, cada vez menos rara, de personas mayores que superan edades antes alcanzadas por solo unos pocos debería estar acompañada de adaptaciones tanto en la mentalidad individual como en las políticas sociales. Esa nueva realidad no congenia con aquello de “¿Yo ya pa’ qué?” que a veces se escucha decir a los mayores, derrotados antes de comenzar, ni con los obstáculos institucionales que se les ponen. La sociedad impone a las personas mayores más requisitos para acceder a un crédito, aspirar a una beca o alquilar un inmueble.

Es cierto que sería muy cómodo poder vaticinar; poder preguntar a una pitonisa cómo iniciar una plataforma de contenidos culturales; ver en el vuelo de las aves la conveniencia de trasladarse a vivir a México o regresar de allí; vislumbrar con el tarot si cambia la casa por un apartamento; buscar en el horóscopo con quien concretar un proyecto inmobiliario.

Tampoco es necesario. No se trata de empezar de cero y emprender un nuevo comienzo. Eso no puede suceder porque la vida es un continuo. Cualquier nuevo proyecto tiene la ventaja de la experiencia, a veces de la sabiduría, acumulada con los años.

En todo caso, vale bien la pena arriesgar un poco en pos de tener nuevas vivencias. Si no es así, ¿para qué vivir?