Diciembre puede asociarse como una época cálida, caracterizada por alegría, reuniones familiares y celebración. Sin embargo, para muchas personas mayores esta época del año tiene un peso emocional distinto. Las luces y los rituales festivos pueden intensificar el malestar emocional: ansiedad, tristeza y nostalgia, entre otras experiencias. Las fechas significativas funcionan como “activadores emocionales” capaces de despertar recuerdos, pérdidas y comparaciones dolorosas entre el pasado y el presente.
Para quienes viven solos, han atravesado duelos o experimentan limitaciones físicas, diciembre puede representar un recordatorio de roles que cambiaron, personas que ya no están o tradiciones que se han transformado. La nostalgia, aunque puede ser protectora en muchas etapas de la vida, en este contexto puede convertirse en una fuente de malestar. Se mezclan sentimientos de anhelo con la presión social de sentirse feliz, lo que aumenta los pensamientos repetitivos y la tristeza.
Y a pesar de que todas estas emociones que surjan son normales, y es importante que nos permitamos sentir lo que aparezca, el problema es que muchas veces la sociedad minimiza o infantiliza las emociones de las personas mayores. Se espera tranquilidad, sabiduría o gratitud permanente, como si el envejecimiento viniera acompañado de una inmunidad emocional. Un desafío es el mito de que las pérdidas son “normales” y, por tanto, menos dolorosas en la vejez, porque puede llevar a la desvalorización del sufrimiento de los mayores y a la falta de apoyo adecuado. Esta narrativa invisibiliza que la acumulación de duelos no fortalece necesariamente, sino que a veces desgasta. La edad no ofrece blindaje emocional.
También se normalizan muchos síntomas de los que debemos estar pendientes, ya que pueden ser alertas importantes para tomar precauciones y acciones, como son los cambios en patrones de sueño, la desmotivación, la irritabilidad, o la “mala” memoria. La evidencia es clara: las personas mayores sienten con la misma intensidad que cualquier otra persona, y diciembre puede abrir heridas emocionales que merecen acompañamiento y comprensión.
¿Qué podemos hacer, entonces, como familiares, profesionales o comunidad? La investigación ofrece varias claves. La primera es fortalecer la conexión social: la soledad no deseada es uno de los predictores más fuertes de ansiedad y depresión en la vejez. Llamar, visitar, incluir en actividades o simplemente compartir tiempo es protector. La segunda es normalizar las emociones difíciles, validando que diciembre puede ser una época difícil y que no existe una forma “correcta” de sentir. También es útil fomentar actividades significativas, pues participar en decisiones, preparativos o rituales aumenta la sensación de propósito. Además, debemos estar atentos a señales de alerta, buscando apoyo profesional cuando sea necesario. Finalmente, se deben promover prácticas de autocuidado accesibles, como realizar alguna actividad física al día, alimentarse equilibradamente incluyendo todos los grupos de alimentos y dedicar tiempo especial a actividades placenteras.
Diciembre puede ser una época dura, pero también una oportunidad para construir relaciones más presentes y humanas. Acompañar a las personas mayores no requiere grandes gestos: basta con verlas, escucharlas y recordar que, incluso en los meses de más celebración, todos necesitamos sentirnos acompañados.

