“Esas perlas que tú guardas con cuidado en tan lindo estuche de peluche rojo…” dice Las perlas de tu boca, bolero escrito por el cubano Eliseo Grenet Sánchez. La metáfora es clara y contundente. La fortuna de tener unos dientes (y muelas) bellos y cuidados es un anhelo universal, digna de cantos y poesías, aunque lo que significa que se vean bonitos es una construcción social.
El esmalte dental, la parte visible de ellos, es un verdadero tesoro de especialización evolutiva. Tuvieron que pasar milenios para que la naturaleza nos diera ese regalo. Los primeros seres vivos en los que apareció el esmalte, y la dentina debajo de él, fueron peces del periodo Silúrico en la era paleozoica, hace unos 400 millones de años. Como ellos no tenían dientes, esmalte y dentina estaban en sus escamas con un fin sensorial, pues les permitían la percepción del entorno acuático, antes que con propósitos masticatorios.
Para poder cumplir con la tarea de triturar alimentos, el esmalte llegó a ser el tejido más duro del cuerpo. Su resistencia, la de la hidroxiapatita que lo compone, es de 5 en la escala de dureza de Mohs, gradación desarrollada por el geólogo alemán Friedrich Mohs en 1812, ubica al talco como el más blando, con 1, y al diamante, con 10, como el más duro y se utiliza para saber la firmeza de los minerales.
Siglos antes de conocer las teorías de Darwin o las escalas de dureza, grupos étnicos y civilizaciones del pasado eran conscientes del botín que llevamos en la boca. Llegaron a desarrollar tratamientos terapéuticos y estéticos con los que modificaban los dientes por motivos religiosos o de vanidad y en muchas ocasiones para mostrar la pertenencia a un elevado estatus social. Gomelos, fresas, cuicos, pijos o pitucos han existido siempre.
En el Egipto faraónico trataban las inflamaciones de origen dental y ponían dientes artificiales; los fenicios fijaban prótesis con alambres de oro; griegos y romanos hicieron tratamientos para la caries, diseñaron instrumental y fabricaron coronas de oro… para cabezas y dientes. En Japón se practicaba el ohaguro que consistía en teñir los dientes de negro como signo de belleza, madurez y estatus. La antítesis de los actuales, y a veces abusados, blanqueamientos.
En nuestra América, los mayas alcanzaron un alto grado curativo. Retiraban las caries y “calzaban” los dientes, tenían nomenclatura para cada uno y nombre a los procedimientos. Y lo más moderno: hacían odontología estética, que podía consistir en pigmentar los dientes de rojo; en tallar los dientes de distintas maneras, según cada tribu, o en incrustarles piedras, como turquesa o cuarzo. Siempre ha existido la necesidad de aliviar los dolores, sanar los dientes, reemplazar los faltantes y embellecer las expresiones de gusto o de alegría, la “pelada de muela” de toda la vida.
Tener los dientes completos, naturales o artificiales, ha sido una muestra de poder adquisitivo. Eran los faraones, sufetes, arcontes, emperadores o shogunes, y sus cercanos, quienes llevaban los dientes calzados, reemplazados o adornados. Las personas de las “clases bajas” debían conformarse con remedios caseros contra el dolor o con las catastróficas sacadas de muela. Ocasionalmente podían permitirse alguna prótesis con materiales más baratos. Clases sociales también han existido siempre. Habrá evolucionado el esmalte, pero la humanidad va rezagada.
No tanto tiempo atrás, solo hace unos pocos años, existía la idea de que era natural e inevitable que los dientes se perdieran en algún momento, que eso hacía parte normal del envejecimiento y que tarde o temprano habría que sacarlos, así que era mejor hacerlo antes que dolieran.
El desarrollo científico, los cambios epistemológicos de la profesión, el relativo abaratamiento de las tecnologías, el aumento de la oferta de servicios y sobre todo la prevención, gracias a mejores hábitos de alimentación y de higiene, posibilitaron lo otrora impensable: llegar a los 80, 90, 100 años con la dentadura completa y las encías en su debido lugar.
La boca está conformada por un montón de estructuras, además de los dientes, aunque sin duda son ellos los protagonistas. Conocer los orígenes del esmalte y de la atención dental no solo sirve para presumir de cultura general. Es también útil para dimensionar lo altamente especializados y valiosos que son los tejidos dentales y de lo larga que es la historia de esfuerzos de las personas por preservar los dientes o por reponer los perdidos; en síntesis, por tener calidad de vida.
Aunque intervengan lengua, labios y otras partes, la dentadura es central para mantener la funcionalidad de la cavidad oral, que no se limita a la masticación, pues interviene todo el tiempo en nuestro relacionamiento con el mundo que nos rodea: al conversar con un amigo o tararear una canción, mostrar empatía, “hacer pucheros” o manifestar amor; compartir alimentos, silbar un estribillo o señalar un objeto.
El estado de salud bucal de una persona mayor refleja cómo cuidó su boca durante los años previos, sobre todo sus dientes, pues ellos testigos son del pasado de su portador (de sus hábitos de consumo y de higiene, de la atención recibida, las posibilidades económicas, algunas enfermedades padecidas…) y buenos predictores de su futuro y de la clase de vejez que tendrá. Sí, como dice el refrán, en muchos sentidos la vida está en la muela.



