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Salvavidas para narcisos

16 de septiembre de 2025

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Como a muchas personas, me interesa verme bien siempre, que es como expresamos el deseo de tener buen aspecto. Tal vez es más acertado decir que lo que realmente nos interesa es que nos vean bien. La vanidad es una característica (¿un defecto? ¿una necesidad? ¿una necedad?) de la naturaleza humana. Un poco está bien, pero todo en exceso es malo.

Ya el poeta romano Ovidio (43 a.c. – 17 d.c.), en su Metamorfosis, recoge el antiguo mito griego de Narciso, tan hermoso él que se enamora de su propia belleza y, por supuesto, la cosa no termina bien. Igual sucede cuando la vanidad nos conduce por vericuetos intrincados en pos de una belleza física inalcanzable o insostenible por el paso del tiempo.

El ideal de belleza siempre ha acompañado a los seres humanos. La búsqueda y la percepción de la estética, a través de cualquiera de los sentidos, ha dejado innumerables obras pintadas, narradas, esculpidas, interpretadas. En esas representaciones la belleza ha estado relacionada directamente con la juventud, en consecuencia, de forma equivocada, no se asocia con las personas mayores.

Además de que consideramos que es posible alcanzar una vida longeva sana y autónoma también creemos que se puede llegar a una edad avanzada con “belleza física”, dentro de los parámetros que determinan los años vividos. Y es aún más factible si son bien vividos.

Desafortunadamente, muchas veces más que por un deseo propio las personas buscan la belleza como resultado de la presión por agradar o por tener más “me gusta”. Lo deseable es que cada quien, sin importar la edad, en uso de su autonomía y de su derecho a la vanidad (y a una pizca de banalidad) decida cuál es el o los caminos que quiere recorrer para verse bien; y más aún si mejora su autoestima.

Por un lado, se puede transitar por las herramientas que proveen la medicina y la tecnología: la cirugía estética y los procedimientos no quirúrgicos. Sí, es cierto, como dice el adagio, que los años no llegan solos y aun cuando debemos prepararnos con entereza para asumir los cambios también puede ser que en algún momento deseemos recurrir a un cirujano plástico para atenuar aquello que modifican el tiempo y las leyes de Newton. Lo más importante para quien decide someterse a una operación es saber bien en dónde se mete, primero en sentido literal y segundo en sentido figurado. 

Para lo primero, en lo literal, es fundamental investigar la idoneidad de la persona y de la institución que van a brindar los servicios. Para eso es posible acudir a los registros de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica y de la secretaría de Salud de cada ciudad. Innumerables noticias han dado cuenta de pacientes, casi siempre mujeres, que han quedado deformadas, con graves problemas de salud o que han muerto por someterse a procedimientos en las “clínicas de garaje”, en salones de belleza e incluso en consultorios odontológicos o médicos cuya finalidad es distinta. Es totalmente absurdo y patético morir en una camilla por un descuidado arrebato de vanidad.

Para lo segundo, es importante que las personas que van a incursionar en ese universo tengan bien claros los alcances, las probabilidades de logro de las expectativas y las indicaciones de cada tratamiento. Sin importar la edad, es fácil caer en la adicción a estos procedimientos, por lo que se debería tener la conciencia y claridad suficientes para desechar objetivos irreales que flotan en el fantástico mundo de los deseos.

Por otro lado, hay otro camino (¡siempre hay otro camino!) en el que también tiene cabida el factor prevención (y las condiciones socioeconómicas): consumir verduras y frutas (por ejemplo, las que tienen vitamina C, que junto con proteínas son precursores del tan mentando colágeno); hacer ejercicio (para mantener la figura y el tono muscular), utilizar protección contra el astro rey; no fumar, mantenerse hidratado, descansar y dormir lo suficiente; disminuir el estrés (¿quién podría hoy en día eliminarlo?), tratar de ser feliz a pesar de todo, son cosas que ralentizan los cambios y llegan incluso a afectarnos positivamente al nivel mismo de los genes.

La autoimagen cuando somos mayores requiere una conciliación entre la figura que muestra el espejo y la que alguna vez tuvimos. Encontrar en el álbum de fotos (sí, de los que se usaban antes) recuerdos de la juventud puede despertar la añoranza e impulsar a que busquemos regresar al pasado. Sin embargo, lo sano es recibir los cambios físicos con tranquilidad y cordura. La naturaleza, sabia en todo momento, nos va transformando con el paso del tiempo de manera paulatina aunque inexorable.

Lograr sobrepasar los sesenta, setenta o más años puede ser una etapa de autoaceptación con una mirada relajada, ojalá sabia, del propio cuerpo; de creer que la que hay que mantener bella y joven es “la entendedera”, (utilizando esa hermosa y perfectamente descriptiva palabra campesina), de evitar caer al agua, como le pasó a Narciso, y de entender qué es lo realmente importante en nuestra transitoria y fugaz existencia.